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BOLETÍN
TEMPLE
Monográfico
nº 3
EL GRIAL
Iª Parte
15 de Junio de 2001
Nº miembros:
2.094
Consejo de Redacción:
Fernando Arroyo farroyo@TempleEmail.zzn.com Jorge L. Fernández Palacios jfernandez@TempleEmail.zzn.com Montse Robrenyo mrobrenyo@TempleEmail.zzn.com Carlos Raitzin@ - In memoriam - Joseph de Juan i Buixeda prior@osmtj.org Justo A. Navarro portatempore@administrador.com José Antonio Mateos josemat@accesosis.es Marcos Mateo marcos@TempleEmail.zzn.com Jordi Castañé j_castane@TempleEmail.zzn.com
Música de fondo
Obertura de Parsifal, Richard Wagner
Superados los 2.000 suscriptores que ya nos acompañan en esta singladura de difusión de la historia medieval y de los valores caballerescos y tradicionales, supone una ocasión inmejorable celebrarlo no sólo agradeciéndoles su atención, sino también obsequiándoles con este monográfico sobre una reliquia sagrada y símbolo arquetípico tan afecto al templarismo como el del Santo Grial, meta de toda búsqueda interior y trascendente.
Por cuestiones de espacio dividimos este monográfico en dos partes. Esta primera parte, que es más bien una recopilación de textos fundamentales, incluye dos clásicos de René Guénon y un artículo de Antonio Medrano que habla del Grial en las tradiciones orientales, el cual resultará especialmente revelador para quienes aún duden de la universalidad de este símbolo sagrado. También incluimos en esta primera parte dos artículos inéditos a cargo de dos de los consejeros del Boletín Temple: un trabajo fascinante sobre los encuentros secretos de Toledo, obra de José Antonio Mateos; y otro sobre la vinculación del Santo Grial y la lanza en la tradición caballeresca, que nos fuera legado por el Dr. Carlos Raitzin antes de su deceso. Incluimos en esta primera parte también, en homenaje a uno de los trabajos sobre el Grial más serios y completos de la Red, el último ejemplar del boletín de nuestro amigo Ricardo Cob anunciando las novedades de su sitio LABUSQUEDA.ORG
En la segunda parte de este monográfico, que publicaremos hacia finales del mes de julio, incluiremos otro texto fundamental de René Guénon sobre "El Sagrado Corazón y la leyenda del Santo Grial"; un texto sobre los templarios, los cátaros y el Grial entresacado del ensayo del escritor soriano Ángel Almazán; así como otros trabajos de nuestros consejeros, entre los que podemos citar un artículo sobre los templarios y el Grial que se incluirá en el próximo monográfico de la revista MÁS ALLÁ sobre los misterios de Tierra Santa, obra del historiador Justo A. Navarro; un trabajo sobre el desconocido tema de la relación del Grial con la capilla de los Vélez, que firmará uno de nuestros consejeros bajo el seudónimo de Matthaeus; otro trabajo de Jorge L. Fernández Palacios en torno al Grial de la catedral de Valencia, considerado por la iglesia Católica como el Cáliz de la Última Cena; un artículo de Fernando Arroyo sobre otros símbolos griálicos de la Gran Tradición, entre ellos los pertenecientes a los mitos precélticos de Lug, como el caldero de Dagda, ilustrándolo con ejemplos recogidos por la geografía céltica y celtibérica española. Asimismo se incluirán otros trabajos que amplien la visión sobre este símbolo sagrado y universal por excelencia que es el Santo Grial.
Hasta entonces, que disfruten de esta primera parte.
SUMARIO
I. ARTÍCULOS
-EL SANTO GRIAL, por René Guénon
- EL GRIAL EN LAS TRADICIONES ORIENTALES, por Antonio Medrano
- LOS ENCUENTROS SECRETOS DE TOLEDO, por José Antonio Mateos
- EL ESOTERISMO DEL GRIAL, por René Guénon
- EL SANTO GRIAL Y LA LANZA, por Dr. Carlos Raitzin
II. NOVEDADES
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BOLETÍN
"LA BÚSQUEDA DEL SANTO GRIAL" 04/06/2001
EL SANTO GRIAL
René Guénon
(En "Apreciaciones sobre el esoterismo cristiano". Trad. española de Scriptorium Santa Catherina: "Sobre esoterismo cristiano", Obelisco, Barcelona, 1993)
Arthur Edward Waite ha publicado una obra sobre las leyendas del Santo Graal (1),imponente por sus dimensiones y por la suma de investigaciones que representa, en la cual todos los que se interesan en esa cuestión podrán encontrar una exposición muy completa y metódica del contenido de los múltiples textos a ella referidos, así como diversas teorías que se han propuesto para explicar el origen y la significación de esas complejísimas leyendas, a veces incluso contradictorias en algunos de sus elementos. Debe agregarse que A. E. Waite no se ha propuesto realizar únicamente obra de erudición, y conviene elogiarle igualmente por eso, pues compartimos enteramente su opinión sobre el escaso valor de todo trabajo que no sobrepase tal punto de vista, cuyo interés no puede ser, en suma, sino "documental"; él ha intentado desentrañar el sentido real e "interior" del simbolismo del Graal y de la queste ("búsqueda" o "demanda"). Desgraciadamente, debemos decir que este aspecto de su obra nos parece el menos satisfactorio; las conclusiones a que llega son, inclusive, más bien decepcionantes, sobre todo si se piensa en la gran labor realizada para alcanzarlas; y sobre esto quisiéramos formular algunas observaciones, que se referirán por lo demás, como es natural, a cuestiones que ya hemos tratado en otras oportunidades.
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No es, creemos, agraviar al señor Waite si decimos que su obra es un tanto one sighted; ¿deberemos traducirlo a nuestra lengua por "parcial"? Quizás ello no sea rigurosamente exacto y, en todo caso, no queremos decir que lo sea de modo deliberado; más bien, habría algo de ese defecto tan frecuente en aquellos que, habiéndose "especializado" en determinado orden de estudios, se ven inducidos a reducirlo todo a ellos, o a desdeñar lo que no se deja reducir así. Que la leyenda del Grial sea cristiana no es ciertamente discutible, y el señor Waite tiene razón al afirmarlo; pero, ¿ello impide necesariamente que sea también otra cosa al mismo tiempo? Quienes tienen conciencia de la unidad fundamental de todas las tradiciones no verán en eso ninguna incompatibilidad; pero el señor Waite, por su parte, no quiere ver, en cierto modo, sino lo que es específicamente cristiano, encerrándose así en una forma tradicional particular, y las relaciones que, precisamente por su vertiente "interior", guarda con las otras parecen entonces escapársele. No es que niegue la existencia de elementos de otro origen, probablemente anteriores al Cristianismo, pues sería ir contra la evidencia; pero no les concede sino muy escasa importancia, y parece considerarlos como "accidentales", como si hubiesen venido a agregarse a la leyenda "desde fuera", y simplemente a causa del medio en que ha sido elaborada. Así, tales elementos son considerados por él como pertenecientes a lo que se ha convenido en llamar el "folklore", no siempre por desdén, como la palabra inglesa podría hacerlo suponer, sino más bien para satisfacer a una especie de "moda" de nuestra época, y no dándose cuenta siempre de las intenciones implícitas en ello; y quizá no sea inútil insistir algo sobre este punto.
La concepción misma del "folklore", tal como se lo entiende habitualmente, reposa sobre una idea radicalmente falsa, la idea de que haya "creaciones populares", productos espontáneos de la masa del pueblo; y se ve enseguida la relación estrecha de esa manera de ver con los prejuicios "democráticos". Como se ha dicho con mucho acierto, "el interés profundo de todas las tradiciones llamadas populares reside sobre todo en el hecho de que no son populares por origen" (2); y agregaremos que, si se trata, como casi siempre es el caso, de elementos tradicionales en el verdadero sentido de esta palabra, por deformados, disminuidos, o fragmentarios que a veces puedan estar, y de cosas que tienen valor simbólico real, todo ello, muy lejos de ser de origen popular, no es ni siquiera de origen humano. Lo que puede ser popular es únicamente el hecho de la "supervivencia" cuando esos elementos pertenecen a formas tradicionales desaparecidas; y, a este respecto, el término de "folklore" adquiere un sentido bastante próximo al de "paganismo", no tomando en cuenta sino la etimología de este último término, y eliminando la intención "polémica" e injuriosa. El pueblo conserva así, sin comprenderlos, los residuos de tradiciones antiguas, que se remontan a veces, inclusive, a un pasado tan remoto que sería imposible de determinar y que es costumbre contentarse con referir, por tal razón, al dominio oscuro de la "prehistoria"; cumple con ello la función de una especie de memoria colectiva más o menos "subconsciente", cuyo contenido ha venido, manifiestamente, de otra parte (3).Lo que puede parecer más sorprendente es que, cuando se va al fondo de las cosas, se verifica que lo así conservado contiene sobre todo, en forma más o menos velada, una suma considerable de datos de orden esotérico, es decir, precisamente lo que hay de menos popular por esencia; y este hecho sugiere de por sí una explicación que nos limitaremos a indicar en pocas palabras. Cuando una forma tradicional está a punto de extinguirse, sus últimos representantes pueden muy bien confiar voluntariamente a esa memoria colectiva de que acabamos de hablar lo que de otro modo se perdería sin remedio; es, en suma, el único recurso para salvar lo que puede salvarse en cierta medida; y, al mismo tiempo, la incomprensión natural de la masa es garantía suficiente de que lo que poseía un carácter esotérico no será así despojado de este carácter, sino que permanecerá solamente como una especie de testimonio del pasado para aquellos que, en otros tiempos, sean capaces de comprenderlo.
Dicho esto, no vemos por qué se atribuiría al "folklore", sin más examen, todo lo que pertenece a tradiciones distintas al Cristianismo, haciendo de éste la única excepción; tal parece ser la intención del señor Waite, cuando acepta esa denominación para los elementos "precristianos", y particularmente célticos, que se encuentran en las leyendas del Grial. No hay, a este respecto, formas tradicionales privilegiadas; la única distinción que ha de hacerse es la de formas desaparecidas y formas actualmente vivas; y, por consiguiente, todo el problema se reduciría a saber si la tradición céltica había realmente cesado de vivir cuando se constituyeron las leyendas de que se trata. Esto es, por lo menos, discutible: por una parte, esa tradición pudo haberse mantenido mucho más tiempo de lo que ordinariamente se cree, con una organización más o menos oculta; y, por otra, esas leyendas mismas pueden ser más antiguas de lo que lo piensan los "críticos", no porque haya habido forzosamente textos hoy perdidos, en los que no creemos más que el señor Waite, sino porque pueden haber sido primeramente objeto de una tradición oral que puede haber durado varios siglos, lo que está lejos de ser un hecho excepcional. Por nuestra parte, vemos en ello la señal de una "adjunción" entre dos formas tradicionales, una antigua y otra entonces nueva: la tradición céltica y la tradición cristiana, adjunción por la cual lo que debía ser conservado de la primera fue en cierto modo incorporado a la segunda, modificándose sin duda hasta cierto punto en cuanto a la forma exterior, por adaptación y asimilación, pero no transponiéndose a otro plano, como lo pretende el señor Waite, pues hay equivalencias entre todas las tradiciones regulares; hay, pues, muy otra cosa que una simple cuestión de "fuentes", en el sentido que la entienden los eruditos. Sería quizá difícil precisar exactamente el lugar y la fecha en que se ha operado esa unión, pero ello no tiene sino un interés secundario y casi exclusivamente histórico; es, por lo demás, fácil de comprender que esas cosas son las que no dejan huellas en "documentos" escritos. Quizá la "Iglesia céltica" o "culdea" merece, a este respecto, más atención de la que el señor Waite parece dispuesto a concederle; su denominación misma podría darlo a entender así; no hay nada de inverosímil en que haya tras ella algo de otro orden, no ya religioso, sino iniciático, pues, como todo lo que se refiere a los vínculos existentes entre las diversas tradiciones, aquello de que aquí se trata se refiere necesariamente al dominio iniciático o esotérico. El exoterismo, sea religioso o no, no va jamás más allá de los límites de la forma tradicional a la cual pertenece propiamente; lo que sobrepasa tales límites no puede pertenecer a una "Iglesia" como tal , sino que ésta puede solamente ser su "soporte" exterior. Es ésta una observación sobre la que luego tendremos ocasión de volver.
Otra observación, que concierne más en particular al simbolismo, se impone también; hay símbolos que son comunes a las formas tradicionales más diversas y alejadas, no a consecuencia de "préstamos", que en muchos casos serían totalmente imposibles, sino porque pertenecen en realidad a la tradición primordial, de la cual todas esas formas proceden directa o indirectamente. Tal es precisamente el caso del vaso o de la copa; ¿por qué motivo lo que a estos objetos se refiere no sería sino "folklore" cuando se refiere a tradiciones "precristianas", mientras que solamente en el Cristianismo sería un símbolo esencialmente "eucarístico"?
Lo que ha de rechazarse aquí no son las asimilaciones propuestas por Burnouf u otros, sino las interpretaciones "naturalistas" que ellos han querido extender al Cristianismo como a todo el resto y que, en realidad, no son válidas en parte alguna. Sería preciso, pues, hacer aquí exactamente lo contrario de lo que Waite, quien, deteniéndose en explicaciones exteriores y superficiales, confiadamente aceptadas en cuanto no se trata del Cristianismo, ve sentidos radicalmente diferentes y sin mutua relación allí donde no hay sino aspectos más o menos múltiples de un mismo símbolo o de sus diversas aplicaciones; sin duda, otra cosa hubiese sido de no haberse visto impedido por su idea preconcebida de una especie de heterogeneidad entre el Cristianismo y las demás tradiciones. Del mismo modo, el señor Waite rechaza acertadamente, en lo que concierne a la leyenda del Grial, las teorías que apelan a pretendidos "dioses de la vegetación"; pero es lamentable que sea mucho menos claro con respecto a los Misterios antiguos, que tampoco tuvieron jamás nada en común con ese "naturalismo" de invención absolutamente moderna; los "dioses de la vegetación" y otras historias del mismo género no han existido jamás sino en la imaginación de Frazer y sus análogos, cuyas intenciones antitradicionales, por lo demás, no son dudosas.
A decir verdad, bien parece también que el señor Waite esté más o menos influido por cierto "evolucionismo"; esta tendencia se trasluce especialmente cuando declara que lo importante es mucho menos el origen de la leyenda que el último estado a que llegó ulteriormente; y parece creer que hubo de haber, del uno al otro, una especie de perfeccionamiento progresivo. En realidad, si se trata de algo que tiene carácter verdaderamente tradicional, todo debe, al contrario, estar dado desde el comienzo, y los desarrollos ulteriores no hacen sino tornarlo más explícito, sin agregar elementos nuevos y tomados del exterior"
El señor Waite parece admitir una especie de "espiritualización", por la cual un sentido superior hubiese podido venir a injertarse en algo que no lo contenía originariamente; de hecho, lo que ocurre por lo general es más bien lo inverso; y aquello recuerda un poco demasiado las concepciones profanas de los "historiadores de las religiones". Encontramos, acerca de la alquimia, un ejemplo muy llamativo de esta especie de inversión: el señor Waite piensa que la alquimia material ha precedido a la espiritual, y que ésta no ha aparecido sino con Kunrath y Jacob Boehme; si conociera ciertos tratados árabes muy anteriores a éstos, se vería obligado, aun ateniéndose a los documentos escritos, a modificar tal opinión; y además, puesto que reconoce que el lenguaje empleado es el mismo en ambos casos, podríamos preguntarle cómo puede estar seguro de que en tal o cual texto no se trata sino de operaciones materiales. La verdad es que no siempre los autores han experimentado la necesidad de declarar expresamente que se trataba de otra cosa, la cual, al contrario, debía inclusive ser velada por el simbolismo utilizado; y, si ha ocurrido posteriormente que algunos lo hayan declarado, fue sobre todo frente a degeneraciones debidas a que había ya gentes quienes, ignorantes del valor de los símbolos, tomaban todo a la letra y en un sentido exclusivamente material: eran los "sopladores", precursores de la química moderna. Pensar que puede darse un sentido nuevo a un símbolo que ya no lo poseyera de por sí es casi negar el simbolismo, pues equivale a hacer de él algo artificial, sino enteramente arbitrario, y, en todo caso, puramente humano; y, en este orden de ideas, el señor Waite llega a decir que cada uno encuentra en un símbolo lo que él mismo pone, de modo que su significación cambiaría con la mentalidad de cada época; reconocemos aquí las teorías "psicológicas" caras a buen numero de nuestros contemporáneos; ¿y no teníamos razón al hablar de "evolucionismo?"
A menudo lo hemos dicho, y nunca lo repetiremos demasiado: todo verdadero símbolo porta en sí sus múltiples sentidos, y eso desde el origen, pues no está constituido como tal en virtud de una convención humana, sino en virtud de la "ley de correspondencia" que vincula todos los mundos entre sí; bien que, mientras que algunos ven esos sentidos y otros no los vean o los vean solo en parte, eso no quita que estén realmente contenidos en él, y el "horizonte intelectual" de cada uno es lo que establece toda la diferencia: el simbolismo es una ciencia exacta, y no una ensoñación donde las fantasías individuales puedan darse libre curso.
No creemos, pues, en este orden de cosas, en "invenciones de los poetas", a las cuales parece dispuesto a conceder gran intervención; tales invenciones, lejos de recaer en lo esencial, no hacen sino disimularlo, deliberadamente o no, envolviéndolo en las apariencias engañosas de una "ficción" cualquiera; y a veces éstas lo disimulan demasiado bien, pues, cuando se tornan demasiado invasoras, acaba por resultar casi imposible descubrir el sentido profundo y original; ¿no fue así como, entre los griegos, el simbolismo degeneró en "mitología"? Este peligro es de temer sobre todo cuando el poeta mismo no tiene conciencia del valor real de los símbolos, pues es evidente que puede darse este caso; el apólogo del "asno portador de reliquias" se aplica aquí como en muchas otras cosas; y el poeta, entonces, desempeñará, en suma, un papel análogo al del pueblo profano que conserva y transmite sin saberlo datos iniciáticos, según decíamos anteriormente. La cuestión se plantea muy particularmente aquí: los autores de las novelas del Graal ¿estuvieron en este último caso, o, al contrario, eran conscientes, en mayor o menor grado, del sentido profundo de lo que expresaban? Desde luego, no es fácil responder con certeza, pues, también aquí, las apariencias pueden engañar: frente a una mezcla de elementos insignificantes e incoherentes, uno está tentado de pensar que el autor no sabía de qué hablaba; sin embargo, no es forzosamente así, pues ha ocurrido a menudo que las oscuridades y aun las contradicciones sean enteramente deliberadas y que los detalles inútiles tengan expresamente por finalidad extraviar la atención de los profanos, de la misma manera que un símbolo puede estar intencionalmente disimulado en un motivo más o menos complicado de ornamentación; en la Edad Media sobre todo, los ejemplos de este género abundan, aunque más no fuera en Dante y los "Fieles de Amor". El hecho de que el sentido superior se hace menos transparente en Chrestien de Troyes, por ejemplo, que en Robert de Boron, no prueba, pues, necesariamente que el primero haya sido menos consciente del sentido simbólico que el segundo; aún menos debería concluirse que ese sentido esté ausente de sus escritos, lo cual representaría un error comparable al que consiste en atribuir a los antiguos alquimistas preocupaciones de orden únicamente material por la sola razón de que no hayan juzgado propio escribir literalmente que su ciencia era en realidad de naturaleza espiritual (4).Además, el asunto de la "iniciación" de los autores de esas novelas quizá tenga menos importancia de lo que podría creerse a primera vista, pues de todas maneras eso no hace cambiar nada a las apariencias bajo las cuales se presenta el tema; desde que se trata de una "exteriorización" de datos esotéricos, pero no en modo alguno de una "vulgarización", es fácil de comprender que deba ser así. Iremos más lejos: incluso un profano puede, para tal "exteriorización", haber servido de "portavoz" a una organización iniciática, que lo haya escogido a tal efecto simplemente por sus cualidades de poeta o escritor, o por cualquier otra razón contingente. Dante escribía con perfecto conocimiento de causa; Chrestien de Troyes, Robert de Boron y muchos otros fueron probablemente mucho menos conscientes de lo que expresaban, y quizá, incluso, algunos de ellos no lo fueron en absoluto; pero poco importa en el fondo, pues, si había tras ellos una organización iniciática, cualquiera que ésta fuera, el peligro de una deformación debida a la incomprensión de ellos quedaba por eso mismo descartado, ya que tal organización podía dirigirlos constantemente sin que ellos lo supieran, sea por medio de algunos de sus miembros que les proveían de los elementos que elaborar, sea por sugerencias o influjos de otro género, más sutiles y menos "tangibles" pero no por eso menos reales ni eficaces. Se comprenderá sin dificultad que esto nada tiene que ver con la llamada "inspiración" poética tal como la entienden los modernos, y que no es sino pura y simple imaginación, ni con la "literatura" en el sentido profano del término, y agregaremos en seguida que no se trata tampoco de "misticismo"; pero este último punto toca directamente a otras cuestiones, que debemos encarar ahora de modo más especial.
No nos parece dudoso que los orígenes de la leyenda del Grial deban remitirse a la transmisión de elementos tradicionales, de orden iniciático, del Druidismo al Cristianismo; habiendo sido esta transmisión operada con regularidad, y cualesquiera hayan sido por lo demás sus modalidades, esos elementos formaron desde entonces parte integrante del esoterismo cristiano; estamos muy de acuerdo con el señor Waite sobre este segundo punto, pero debemos decir que el primero parece habérsele escapado. La existencia del esoterismo cristiano en la Edad Media es cosa absolutamente segura; abundan las pruebas de toda clase, y las negaciones debidas a la incomprensión moderna, ya provengan, por otra parte, de partidarios, ya de adversarios del Cristianismo, no pueden nada contra ese hecho; hemos tenido bastante a menudo oportunidad de referirnos a esta cuestión para que sea innecesario insistir aquí. Pero, entre aquellos mismos que admiten la existencia del esoterismo cristiano, hay muchos que se forman de él una idea más o menos inexacta, y tal nos parece también el caso de Waite, a juzgar por sus conclusiones; en ellas hay también confusiones y malentendidos que importa disipar.
En primer lugar, nótese bien que decimos "esoterismo cristiano" y no "cristianismo esotérico"; no se trata de modo alguno, en efecto, de una forma especial de cristianismo, sino del lado "interior" de la tradición cristiana; y es fácil comprender que hay en ello más que un simple matiz. Además, cuando cabe distinguir así en una forma tradicional dos faces, una exotérica y otra esotérica, debe tenerse bien presente que no se refieren ambas al mismo dominio, de manera que no puede existir entre ellas conflicto ni oposición de ninguna clase; en particular, cuando el exoterismo reviste el carácter específicamente religioso, como es el caso aquí, el esoterismo correspondiente, aunque tomando en aquél su base y soporte, no tiene en sí mismo nada que ver con el dominio religioso, y se sitúa en un orden enteramente diverso. Resulta de ello, inmediatamente, que este esoterismo no puede en caso alguno estar representado por "Iglesias" o por "sectas" cualesquiera, que, por definición misma, son siempre religiosas y por ende exotéricas; éste es también un punto que hemos tratado ya en otras circunstancias, y que por lo tanto nos basta recordar someramente. Algunas "sectas" han podido surgir de una confusión entre ambos dominios y de una "exteriorización" errónea de datos esotéricos mal comprendidos y aplicados; pero las organizaciones iniciáticas verdaderas, manteniéndose estrictamente en su terreno propio, permanecen forzosamente ajenas a tales desviaciones, y su "regularidad" misma las obliga a no reconocer sino lo que presenta carácter de ortodoxia, inclusive en el orden exotérico. Es, pues, seguro que quienes quieren referir a "sectas" lo que concierne al esoterismo o la iniciación yerran el camino y no pueden sino extraviarse; no hay necesidad alguna de mayor examen para descartar toda hipótesis de esa especie; y, si se encuentran en algunas "sectas" elementos que parecen ser de naturaleza esotérica, ha de concluirse, no que tengan en ella su origen, sino muy al contrario, que han sido desviados de su verdadera significación.
Siendo así, ciertas dificultades aparentes quedan inmediatamente resueltas, o, por mejor decir, se advierte que son inexistentes: así, no cabe preguntarse cuál puede ser la situación, con relación a la ortodoxia cristiana entendida en sentido ordinario de una línea de transmisión fuera de la "sucesión apostólica" como aquella de que se habla en ciertas versiones de la leyenda del Grial; si se trata de una jerarquía iniciática, la jerarquía religiosa no podría en modo alguno ser afectada por su existencia, de la cual, por lo demás, no tiene por qué tener conocimiento "oficialmente", si así puede decirse, ya que ella misma no ejerce jurisdicción legítima sino en el dominio exotérico. Análogamente, cuando se trata de una fórmula secreta en relación con ciertos ritos, hay, digámoslo francamente, una singular ingenuidad en quienes se preguntan si la pérdida o la omisión de esa fórmula no arriesga impedir que la celebración de la misa pueda ser considerada válida: la misa, tal cual es, es un rito religioso, y aquello es un rito iniciático: cada uno vale en su orden, y, aun si ambos tienen en común un carácter "eucarístico": ello en nada altera esa distinción esencial, así como el hecho de que un mismo símbolo pueda ser interpretado a la vez desde ambos puntos de vista, exotérico y esotérico, no impide a ambos ser enteramente distintos y pertenecientes a dominios totalmente diversos; cualesquiera que puedan ser a veces las semejanzas exteriores, que por lo demás se explican en virtud de ciertas correspondencias, el alcance y el objetivo de los ritos iniciáticos son enteramente diferentes de los de los ritos religiosos. Con mayor razón, no cabe indagar si la fórmula misteriosa de que se trata podría identificarse con una fórmula en uso en tal o cual Iglesia dotada de un ritual más o menos especial; en primer lugar, en tanto que se trate de Iglesias ortodoxas, las variantes de ritual son por completo secundarias y no pueden en modo alguno recaer sobre nada esencial; además, esos diversos rituales jamás pueden ser sino religiosos, y, como tales, son perfectamente equivalentes, sin que la consideración de uno u otro nos acerque más al punto de vista iniciático. ¡Cuántas investigaciones y discusiones inútiles se ahorrarían si se estuviera, antes que nada, bien informado sobre los principios!
Ahora bien; que los escritos concernientes a la leyenda del Graal sean emanados, directa o indirectamente, de una organización Iniciatica, no quiere decir que constituyan un ritual de iniciación, como algunos, con bastante extravagancia, lo han supuesto; y es curioso que nunca se haya emitido semejante hipótesis -por lo menos hasta donde sabemos- acerca de obras que empero describen más manifiestamente un proceso iniciático, como la Divina Comedia o el Roman de la Rose; es bien evidente que no todos los escritos que presentan carácter esotérico son por ello rituales. El señor Waite, que rechaza con justa razón este supuesto, destaca las inverosimilitudes que implica: tal es, en especial, el hecho de que el pretendido recipiendario hubiere de formular una pregunta, en vez de tener que responder a las preguntas del iniciador como es el caso generalmente; y podríamos agregar que las divergencias existentes entre las diferentes versiones son incompatibles con el carácter de un ritual, que tiene necesariamente una forma fija y bien definida; pero, ¿en qué obsta todo ello a que la leyenda se vincule, en algún otro carácter, a lo que el señor Waite denomina Institutes Mysteries, y que nosotros llamamos más sencillamente las organizaciones iniciáticas? Ocurre que el autor se forma de éstas una idea demasiado estrecha, e inexacta en más de un sentido: por una parte, parece concebirlas como algo exclusivamente "ceremonial", lo que, señalémoslo de paso, es un modo de ver muy típicamente anglosajón; por otra parte, según un error muy difundido y sobre el cual hemos insistido ya harto a menudo, se las representa aproximadamente como "sociedades", mientras que, si bien algunas de ellas han llegado a cobrar tal forma, ello no es sino efecto de una especie de degradación por entero moderna. El autor ha conocido sin duda, por experiencia directa, un buen número de esas asociaciones seudoiniciáticas que pululan en Occidente en nuestros días, y, si bien parece haber quedado más bien decepcionado, no ha dejado tampoco, en cierto modo, de ser influido por lo que ha visto en ellas: queremos decir que, por no haber percibido nítidamente la diferencia entre iniciación auténtica y seudoiniciación, atribuye erróneamente a las verdaderas organizaciones iniciáticas caracteres comparables a los de las falsificaciones con las cuales ha entrado en contacto; y este error entraña todavía otras consecuencias, que afectan directamente, como vamos a verlo, a las conclusiones positivas de su estudio.
Es evidente, en efecto, que todo cuanto es de orden iniciático no podría de ninguna manera entrar en un marco tan estrecho como lo sería el de "sociedades" constituidas al modo moderno; pero, precisamente, allí donde el señor Waite no encuentra ya nada que se asemeje de cerca o de lejos a sus "sociedades", se pierde y llega a admitir la suposición fantástica de una iniciación capaz de existir fuera de toda organización y de toda transmisión regular; nada mejor podemos hacer aquí que remitir a nuestros estudios anteriores sobre este asunto (5).Pues, fuera de dichas "sociedades", no ve al parecer otra posibilidad que la de una cosa vaga e indefinida a la cual denomina "Iglesia secreta" o "Iglesia interior", según expresiones tomadas de místicos como Eckhartshausen y Lopoukine, en las cuales la misma palabra "Iglesia" indica que nos encontramos, en realidad, reconducidos pura y simplemente al punto de vista religioso, así sea por medio de alguna de esas variedades más o menos aberrantes en las cuales el misticismo tiende espontáneamente a convertirse desde que escapa al control de una estricta ortodoxia. En efecto, el señor Waite es uno más de aquellos, por desgracia tan abundantes en nuestros días, que, por razones diversas, confunden misticismo e iniciación; y llega a hablar en cierto modo indiferentemente de una u otra de ambas cosas, incompatibles entre sí, como si fuesen más o menos sinónimas. Lo que él cree ser la iniciación se resuelve, en definitiva, en una simple "experiencia mística"; y nos preguntamos, incluso, si en el fondo no concibe esa "experiencia" como algo "psicológico", lo que nos reduciría a un nivel aun inferior al del misticismo entendido en un sentido propio, pues los verdaderos estados místicos escapan ya enteramente al dominio de la psicología, pese a todas las teorías modernas del género de aquella cuyo más conocido representante es William James. En cuanto a los estados interiores cuya realización pertenece al orden iniciático, no son ni estados psicológicos ni aun estados místicos; son algo mucho más profundo y, a la vez, no son cosas de las que no pueda decirse ni de dónde vienen ni qué son exactamente, sino que, al contrario, implican un conocimiento exacto y una técnica precisa; la sentimentalidad y la imaginación no tienen en ellas parte alguna. Transponer las verdades del orden religioso al orden iniciático no es disolverlas en las nubes de un "ideal" cualquiera; es, al contrario, penetrar su sentido más profundo y más "positivo" a la vez, disipando todas las nubes que detienen y limitan la visión intelectual de la humanidad ordinaria. A decir verdad, en una concepción como la de Waite, no se trata de esa transposición, sino, cuando mucho, si se quiere, de una suerte de prolongación o de extensión en el sentido "horizontal", pues todo cuanto es misticismo se incluye en el dominio religioso y no va más allá; y, para ir efectivamente más allá, hace falta otra cosa que la afiliación a una "Iglesia" calificada de "interior" sobre todo, a lo que parece, porque no tiene una existencia sino simplemente "ideal", lo que, traducido a términos más claros, equivale a decir que no es de hecho sino una organización de ensueño.
No podría ser ése verdaderamente el "secreto del Santo Grial", así como tampoco ningún otro real secreto iniciático; si se quiere saber dónde se encuentra ese secreto, es menester referirse a la constitución, muy "positiva", de los centros espirituales, tal como lo hemos indicado de modo bastante explícito en nuestro estudio sobre Le Roi du Monde.A este respecto, nos limitaremos a destacar que el señor Waite toca a veces cosas cuyo alcance parece escapársele: así, ocurre que hable, en diversas oportunidades, de cosas "sustituidas", que pueden ser palabras u objetos simbólicos; pero esto puede referirse sea a los diversos centros secundarios en tanto que imágenes o reflejos del Centro supremo, sea a las fases sucesivas del "oscurecimiento" que se produce gradualmente, en conformidad con las leyes cíclicas, en la manifestación de esos mismos centros con relación al mundo exterior. Por otra parte, el primero de estos dos casos entra en cierta manera en el segundo, pues la constitución misma de los centros secundarios, correspondientes a las formas tradicionales particulares, cualesquiera fueren, señala ya un primer grado de oscurecimiento con respecto a la tradición primordial; en efecto, el Centro supremo, desde entonces, ya no está en contacto directo con el exterior, y el vínculo no se mantiene sino por intermedio de centros secundarios. Por otra parte, si uno de éstos llega a desaparecer, puede decirse que en cierto modo se ha reabsorbido en el Centro supremo, del cual no era sino una emanación; también aquí, por lo demás, cabe observar grados: puede ocurrir que un centro tal se haga solamente más oculto y más cerrado, y esto puede ser representado por el mismo simbolismo que su desaparición completa, ya que todo alejamiento del exterior es simultáneamente, y en equivalente medida, un retorno hacia el Principio. Queremos aludir aquí al simbolismo de la desaparición definitiva del Grial: que éste haya sido arrebatado al Cielo, según ciertas versiones, o que haya sido transportado al "Reino del Preste Juan", según otras, significa exactamente la misma cosa, lo cual el señor Waite parece no sospechar (6). Se trata siempre de esa misma retirada de lo exterior hacia lo interior, en razón del estado del mundo en determinada época; o, para hablar con más exactitud, de esa porción del mundo que se encuentra en relación con la forma tradicional considerada; tal retirada no se aplica aquí, por lo demás, sino a la vertiente esotérica de la tradición, ya que en el caso del Cristianismo el lado exotérico ha permanecido sin cambio aparente; pero precisamente por el lado esotérico se establecen y mantienen los vínculos efectivos y conscientes con el Centro supremo. Que algún vínculo subsista sin embargo, aun en cierto modo invisiblemente, es forzosamente necesario en tanto que la forma tradicional de que se trata permanezca viva; de no ser así, equivaldría a decir que el "espíritu" se ha retirado enteramente de ella y que no queda sino un cuerpo muerto. Se dice que el Graal no fue ya visto como antes, pero no se dice que nadie lo vio ya; sin duda, en principio al menos, está siempre presente para los que están "cualificados"; pero, de hecho, éstos han devenido cada vez más raros, hasta el punto de no constituir más que una ínfima excepción; y, desde la época en la que se dice que los Rosa-Cruz se retiraron a Asia, ya se entienda ello literal o simbólicamente ¿qué posibilidades de arribar a la iniciación efectiva pueden encontrar abiertas ante ellos en el mundo occidental?
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NOTAS:
(1).
The
Holy Grail, its legends and symbolism, Rider and Co. , Londres, 1933.
(2).
Luc Benoist, La Cuisine des Anges, une esthétique de la pensée,
París, 1932, pág. 74.
(3).
Es ésta una función esencialmente "lunar", y es de notar
que, según la astrología, la masa popular corresponde efectivamente
a la Luna, lo cual, a la vez, indica a las cIaras su carácter puramente
pasivo, incapaz de iniciativa o de espontaneidad.
(4).
Si el señor Waite cree, según parece, que ciertas cosas son
demasiado "materiales" para resultar compatibles con la existencia de un
sentido superior en los textos donde se encuentran, podríamos preguntarle
qué piensa, por ejemplo, de Rabelais o de Boccaccio.
(5).
Véase también Aperçus sur l'Initiation, cap.
X. (nota de los editores).
(6).
De que una carta atribuida al Preste Juan es manifiestamente apócrifa,
el señor Waite pretende concluir la inexistencia de aquél,
lo cual constituye una argumentación por lo menos singular; la cuestión
de las relaciones de la leyenda del Grial con la orden del Temple es tratada
por el autor de una manera apenas menos sumaria; parece tener, inconscientemente
sin duda, cierta prisa por descartar cosas demasiado significativas e inconciliables.
con su "misticismo"; y, de modo general, las versiones alemanas de la leyenda
nos parecen merecer más consideración de la que les otorga.
Publicado originalmente en "Voile d´Isis", febrero y marzo de 1934. Recopilado en Aperçus sur l´Esoterisme Chrétien y en Symboles de laScience Sacrée, capítulo IV.
EL GRIAL EN LAS TRADICIONES ORIENTALES
Antonio Medrano
http://usuarios.tripod.es/latradicion/hemeroteca/grialoriente.htm
La
búsqueda del Grial y las aventuras de los caballeros de la Tabla
Redonda ha intrigado y fascinado a la cultura occidental desde la Edad
Media. El Santo Grial ha constituido en sí un enigma, del que se
han propuesto las más variadas interpretaciones, aunque ninguna
de ellas ha logrado revelar todo el significado esotérico e iniciático
que encierra este magisterio espiritual. Es como una esmeralda de múltiples
facetas, y esta multiplicidad responde a los innumerables corazones que
buscan la Verdad. Pero
no es la historia lo que más nos importa , sino comprender las diferentes
corrientes de pensamiento y sus relaciones, definir el marco en cuyo seno
se hacen y deshacen las apariencias de este mundo.El
mito del Grial no fue algo exclusivo de la Gnosis cristiana medieval, sino
también de la espiritualidad ishraqî en el mundo del Islam. La
primera obra conocida es la de Chrétien de Troyes, "El Cuento del
Grial", escrita para Philippe d´Alsace, conde de Flandes, entre 1181
y 1190. La segunda es "El Roman de la Historia del Grial", escrito por
Robert de Boron para el conde Gautier de Montbéliard. El tercero
es "Parzival" de Wolfram von Eschenbach, compuesto en el último
decenio del Siglo XII . De estas tres grandes ramas se injertaron innumerables
versiones, hasta el punto que en cincuenta años, Europa había
obtenido algo que ni la Iglesia ni los Reyes pudieron conseguir, crear
en el corazón de todos los hombres de la cristiandad, el sentimiento
profundo de pertenecer a una misma tradición. Pero,
debemos situarnos en el entorno intelectual, político y espiritual
del mundo occidental e islámico en los años previos a la
redacción del "Cuento del Grial", si queremos entrever su origen
o difusión. En Occidente se observa el declive almohade y la transformación
de la civilización hispanoárabe. En Oriente Medio, es el
fin del poder fatimí y selchuquí, ante la pujanza ayubí
y el declive de la presencia cruzada. Es el inicio de la integración
de la caballería y el sufismo (futuwwa), como institución.
También el año 1153, es un año crítico para
Occidente, que vio la desaparición de Bernard de Clairvaux y el
"affaire" de Ascalon. Al
morir el padre de la Cruzada, San Bernardo, la fuerza del movimiento y
su cohesión se rompen. La unidad de los Latinos vuela en pedazos
desde el "affaire" de Damasco, los partidarios del Emperador Conrado III
estallan en amargos reproches, envolviendo en su rencor a las Ordenes del
Temple y Hospital, al Rey de Jerusalem y a los Poulains. En la toma de
Ascalon, el 22 de Agosto de 1153 los templarios pierden cuarenta de sus
caballeros, incluido el Gran Maestre Bernard de Trémelay. En 1173,
el caso de los Asesinos (Haschischin) reaviva las sospechas contra el Temple.
En efecto, algunos templarios, con una acción de armas que se consideró
intempestiva, habría impedido la conversión de su líder
el "Viejo de la Montaña" (Sheikh-al-Djebal) y de sus caballeros.
Tal conversión era sin duda una farsa del Rey Amury I, y la actitud
de los templarios fue más que esclarecedora. La relaciones del Temple
con sus homólogos del Islam eran ante todo de carácter iniciático,
como dice Armando Bédarride: "En los países de Oriente, los
templarios armaban caballeros a católicos griegos, hostiles al papado,
e incluso, cosa más extraordinaria aún, a musulmanes pertenecientes
a ciertas ordenes esotéricas provistas de una iniciación
análoga a la suya…". Esto nos permite ver como los principios tradicionales
e iniciáticos prevalecían sobre la ortodoxia católica
o islámica, que parecen adoptar un papel más simbólico
que real. Suponemos que esto respondería al hecho de que determinadas
filiaciones tradicionales iniciáticas se conectan a un centro supremo,
como ramas de un mismo tronco. Frente
a ellos, el mundo musulmán, dirigido por Saladino, tan buen estratega
como político no cesa de crecer en poder e influencia. En estas
fechas críticas de la historia de la Cristiandad, envueltas en intrigas
y luchas de poder, donde el sentido de las Cruzadas ha perdido su valor
e importancia, se va a recurrir a un elemento exterior para reconducir
la atención de occidente hacia el punto de partida de toda tradición
espiritual: el "centro escondido", la "Tierra Santa", el Centro Supremo.. En
1177 se produce un acontecimiento inesperado y extraordinario, uno de esos
hechos inauditos: los más grandes soberanos cristianos reciben una
misiva muy curiosa, una Carta dirigida "al emperador de Roma y al Rey de
Francia" y firmada por el Preste Juan, "por la gracia de Dios, Rey todopoderoso
sobre todos los Reyes cristianos". ¿Quién
es este Preste Juan?. Los primeros
que lo mencionan son un cierto Otto von Freisingen y Albéric de
Trois-Fontaines, quien tenía la información, de forma directa
o indirecta, del Obispo de Galaba en Siria del Norte. Según estas
fuentes, el Preste Juan sería un descendiente de los Reyes Magos,
reinaría en Oriente, llevaría un cetro de esmeralda, y se
declararía dispuesto a intervenir contra los infieles para ayudar
a Jerusalem. Ante los ojos de Occidente se ignora quien puede ser exactamente,
este soberano cristiano de un reino desconocido, que habría perdurado
en medio de los pueblos infieles. Pero se estima como un recurso contra
los Sarracenos y un posible aliado en la Cruzada. En
el entorno de la Iglesia se preguntan que clase de cristiano es este, fuera
de los dominios romanos. Pero algunos soberanos anhelan este reino ideal,
donde la soberanía reúne las funciones de sacerdocio e imperio,
como aquellos sacerdotes-reyes, cuyo linaje se remonta al Génesis
y materializa en la figura de Melquisedec. La
carta que escribe el Preste Juan en 1177 si se cree en la tradición,
fue Manuel I Comneno el depositario de la carta, el mismo que recibe al
conde de Flandes a su vuelta de Tierra Santa. El papel de Francia y de
los franceses son representados por el Preste Juan como los guardianes
privilegiados de su reino y su persona, un poco como Eschenbach hára con
los templarios, los guardianes de Montsalvage. Podemos decir que el palacio
del Preste Juan es el mismo que el Castillo del Grial.
"(…)
Si queréis de nosotros cualquier cosa que esté en nuestro
poder, pedídnola, pues
la
haremos de muy buen grado. Y os rogamos que recordéis el Santo Pasaje,
la Santa
Travesía
y que sea próximamente. Tened mucho coraje, gran valor en vosotros
y no
olvidéis
dar muerte a esos falsos Templarios y paganos. Os rogamos que nos enviéis
respuesta
por el portador de ésta presente, y rogamos al rey de Francia que
nos salve a
todos
esos Caballeros de más allá del mar, y que nos envíe
a un Caballero valiente que
sea
de buena generación de Francia, mientras rogamos a Nuestro Señor
que
os
de perseverancia en la gracia del Espíritu Santo. Amen".
Las
alusiones que contiene el final de la carta hace pensar en la posibilidad
de que la mano del Temple estuviese en su redacción. La carta alude
a las traiciones como la de Lión de Casalier, que en 1168 vendió
a los Sarracenos a los Templarios de Safed. Y a las diferentes traiciones
de los Hospitalarios. El
mito del Grial se presenta impregnado de elementos sufíes y más
particularmente iraníes, y no puede ser una mera coincidencia. La
figura de Sohravardi es muy valiosa a la hora de comprender el posible
cadena de transmisión del mito. Su escuela o "tariqat" incluía
la sabiduría de Zoroastro, de Pitágoras, y de los neoplatónicos,
manteniéndose en el seno del Islam, aunque sin sus dogmas. Resultaría
extraño que durante su periplo por Anatolia oriental, Alepo, o Siria
del Norte, con dominación franca no hubiese conectado con el Temple.
Así como con otras Ordenes sufis como la Chishti, Qadiri o Naqshnandi
que durante esa época funcionaban en Oriente Medio y se ramificaban
desde la India hasta España. Los derviches errantes de la Orden
Chishti eran conocidos como Chist o Chisht. Entraban en una ciudad tocando
una animada melodía con flauta y tambor para convocar a la gente,
antes de recitar una historia o leyenda de significado iniciático.
Sus huellas las encontramos en el País Vasco en el conocido "chistu",
con indumentaria e instrumentos muy parecidos. En
1177, Sohravardi tenía 22 años y se había convertido
en el Shaykh al Ishraq, el jefe y maestro de la senda mística de
la Luz (ishraq). En la jerarquía esotérica chiíta,
una de sus doctrinas era el del Imán oculto, aquel cuyo reino permanece
oculto hasta su manifestación al final de los tiempos. Escribe Sohravardi:
"Es él, a quien se llama polo (qotb) y es él quien tiene
la autoridad, aunque es completamente desconocido por los hombres". El
Rey del Grial se llama Arturo, en torno a él gravitan los Caballeros
de la Tabla Redonda, así como los Imanes del Islam al qotb. La Carta
del Preste Juan se inscribe perfectamente en este contexto. Las
relaciones fraternales e iniciáticas mantenidas entre templarios
y diferentes cofradías sufis o drusas también se ven reflejadasen
el Artículo IX de los "Estatutos Secretos de Roncelinus", dice:
"Recibiréis
fraternalmente a los hermanos de estas cofradías y también
los Consolados
de
España y de Chipre recibirán fraternalmente a los Sarracenos,
a los Drusos y aquellos
que
habitan en el Líbano…" (1).
Pero
la síntesis de estos encuentros y transmisión de la leyenda
del Grial nos la relata Wolfram von Eschenbach en su obra "Parzival" a
través del Maestro Kyot de Toledo. Sabemos de la importancia de
esta ciudad como enclave y lugar de encuentro de diferentes tradiciones
como la cabalista, sufi y la mística cristiana. Veamos lo que el
mismo refiere:
"Kyot,
el Maestro bien conocido, encontró en Toledo, entre unos
manuscritos
abandonados, la materia de esta aventura, consignada en escritura
arábiga.(…).Fue
muy ventajoso para él haber recibido el bautismo (iniciático),
pues
de
lo contrario esta historia habría quedado ignorada, ya que no existe
pagano tan
sabio
como para revelarnos la naturaleza del Grial y sus virtudes secretas".
El libro
había
sido escrito según nos cuenta por: "Un pagano (árabe), Flegetanis
(…).Él fue
quien
escribió la aventura del Grial. Kyot, el maestro sabio, buscó
entonces en los
libros
latinos dónde habría podido vivir un pueblo lo bastante puro
y lo
bastante
inclinado a una vida de renuncia como para poder ser el custodio del Grial". En
esta obra se confirma la fuente islámica de la leyenda del Grial,
así como su conexión con la tradición del Centro Supremo,
a la cual la Orden del Temple estaba ligada. Su presencia en la tierra
estaría bajo la custodia de cristianos "tan puros como los ángeles".
En todo caso, en una época en la cual la verdad tenía aun
valor, y esta verdad no era otra que la divina, sus transmisores fueron
extremadamente discretos en revelar su origen y la
función particular de este Medio iniciático. El
maestro sufí Rumi nos relata así su búsqueda del Santo
Grial: "La
cruz de los cristianos, palmo a palmo examiné. El
no estaba en la cruz. Fui al templo Hindú a la antigua pagoda.
En ninguno de ellos había huella alguna. Fui a las
tierras altas del Herat, y a Kandahar. Miré. No estaba en
las cimas ni en los valles. Resueltamente escalé la mon- taña
de Kaf. Ahí sólo estaba la morada del (Legendario) pájaro
Anqa. Fui a la Caaba de La Meca. El no estaba allí. Pregunté
por El a Avicena, el filósofo. El estaba más allá del
alcance de Avicena… Miré
dentro de mi propio corazón. En ése, su lugar, lo vi. No
estaba en ningún otro lado". La
transmisión de este mito de múltiples facetas y su simbolismo
nos fue legado a través de ciertas obras y de diversas fuentes lógicas
y vinculaciones tradicionales. Sin embargo el Grial como Gran Obra de Realización
fue transmitido y continúa comunicándose a través
de otras formas del "ser", y que no están dentro del orden profano.
Cuando se encuentra, se comprende el Secreto de esta sagrada búsqueda.
Y la pregunta ¿A quién sirve el Grial?, es entonces respondida.
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Cuando
hablamos del esoterismo del Grial, no entendemos sólo por ello que,
como todo símbolo verdaderamente tradicional, presenta un lado esotérico,
es decir, que a su significado exterior y generalmente conocido se superpone
otro significado de un orden más profundo, que no es accesible mas
que para aquellos que han accedido a un cierto grado de comprensión.
En realidad, el símbolo del Grial, con todo lo que se relaciona
con él, es de aquellos cuya misma naturaleza es esencialmente esotérica
e iniciática; esto es lo que explica muchas de sus particularidades
que de otro modo aparecerían como enigmas insolubles, y la difusión
exterior que tuvo la leyenda del Grial, en una determinada época
y en determinadas circunstancias, no cambia nada este carácter.
Esto requiere algunas explicaciones; pero, en principio, debemos destacar
que esta difusión se sitúa enteramente en un período
muy breve que, sin duda apenas sobrepasa medio siglo; parece tratarse,
por consiguiente, de la súbita manifestación de alguna cosa
que no intentaremos definir de una manera precisa, y que habría
entrado luego, no menos súbitamente, en la sombra; cualesquiera
que hubieran podido ser las razones para ello, tenemos aquí un problema
histórico del que nos asombramos que parezca que nunca se haya pensado
en examinarlo con la atención que merecería.
Las
condiciones en las que se produjo esta manifestación requieren algunas
observaciones importantes; en efecto, las novelas del Grial parecen, a
primera vista, contener elementos bastante entremezclados, y algunos, sin
llegar no obstante hasta negar la existencia de un significado de orden
espiritual, han creído poder hablar de este respecto di «invenciones
de poetas». A decir verdad, estas invenciones, cuando se encuentran
en cosas de este orden, lejos de referirse a lo esencial, no hacen más
que disimularlo, voluntariamente o no, bajo las apariencias engañosas
de una «ficción» cualquiera; y en ocasiones lo llegar
a disimular incluso demasiado bien, porque, cuando ellas se hacen demasiado
usurpadoras, acaba por llegar a ser casi imposible descubrir el sentido
profundo y original. Este peligro es de temer, sobre todo, cuando el mismo
poeta no tiene conciencia del valor real de los símbolos, porque
es evidente que este caso puede presentarse; el apólogo del «asno
que lleva las reliquias» se aplica aquí como en tantas otras
cosas; y el poeta, entonces, podrá transmitir sin saberlo datos
iniciáticos cuya auténtica naturaleza se le escape. La cuestión
se plantea aquí muy particularmente: ¿fueron de esto, los
autores de las novelas del Grial, o, al contrario, fueron conscientes,
en un grado y otro, del sentido profundo de lo que expresaban? Desde luego
no es fácil responder a ello con certeza, porque las apariencias
pueden engañar: en presencia de una mezcla de elementos insignificantes
o incoherentes uno está tentado de pensar que el autor no sabia
lo que hablaba; sin embargo, no es forzosamente así, porque ocurre
a menudo que las obscuridades e igualmente las contradicciones son perfectamente
intencionadas, y los detalles inútiles tienen expresamente por fin
desviar la atención de los profanos, de la misma ¿manera
que un símbolo puede ser disimulado intencionadamente en un motivo
de ornamentación más o menos complicado; en la Edad Media,
sobre todo, abundan los ejemplos de este tipo, como ocurre con Dante y
los «Fieles de Amor». El hecho de que el significado superior
trasluzca menos en Chrétien de Troyes, por ejemplo, que en Robert
de Boron, no prueba pues, necesariamente, que el primero fuera menos consciente
del mismo que el segundo; y aún menos habría que concluir
que este significado estuviese ausente en sus escritos, lo que seria un
error comparable a aquel que consiste en atribuir a los antiguos alquimistas
preocupaciones de orden únicamente material, por la única
razón que ellos no juzgaron conveniente escribir con todas las letras
que su ciencia era en realidad de naturaleza espiritual. Por lo demás,
la cuestión de la «iniciación» de los autores
de las noveles tiene quizá menos importancia de lo que se podría
creer en un principio, porque, de todas formas, no cambia nada los aspectos
bajo los cuales el tema es presentado; puesto que se trata de una «exteriorización»
de datos esotéricos, pero que, por otra parte, en modo alguno puede
ser una «Vulgarización», es fácil de comprender
que deba ser así. Iremos más lejos: un profano puede muy
bien, igualmente, por una «exteriorización» así,
haber servido de portavoz de una organización iniciática,
que lo habría escogido a este efecto simplemente por sus cualidades
de poeta o de escritor, o por cualquier otra razón contingente.
Dante escribía con perfecto conocimiento de causa; Chrétien
de Troyes, al igual que Robert de Boron y tantos otros, fueron probablemente
mucho menos conscientes de lo que expresaban, y, quizá incluso,
algunos de ellos no lo fueron en absoluto; pero poco importa en el fondo,
porque, si había detrás de ellos una organización
iniciática, cualquiera que fuese, el peligro de una deformación
debida a su incomprensión quedaba, por ello mismo, descartado; esta
organización podía guiarlos constantemente sin que ellos
mismos ni siquiera se entesasen, ya fuese por que algunos de sus miembros
les suministrasen los elementos a poner en la obra, ya fuese por las sugerencias
o por influencias de otro tipo, más sutiles y menos «tangibles»,
pero no por ello menos reales ni menos eficaces. Por otra parte, esto no
es más que un aspecto de la cuestión: por el hecho de que
la leyenda del Grial se presente bajo una forma propiamente cristiana,
en la que sin embargo, se encuentran elementos de otra procedencia y cuyo
origen es manifiestamente anterior al Cristianismo, se ha querido a veces
considerar estos elementos de alguna manera como «accidentales»,
corno si se hubieran añadido a la leyenda «desde fuera»
y que no poseyeran más que un carácter simplemente «folklórico».
A este respecto, debemos decir que la concepción misma del «folklore»,
como más habitualmente se la entiende en nuestra época, descansa
sobre una idea radicalmente falsa, la idea de que existen «creaciones
populares», productos espontáneos de la masa popular; es evidente
que esta concepción está estrechamente ligada a ciertos prejuicios
modernos, y no insistiremos aquí en todo lo que hemos dicho al respecto
en otras ocasiones. En realidad, cuando se trata, como ocurre casi siempre,
de elementos tradicionales, en el verdadero sentido de la palabra, por
más deformados, menguados o fragmentados que puedan estar a veces,
y de cosas poseedoras de valor simbólico real, aunque, a menudo,
disimulado bajo una apariencia más o menos «mágica»
o «fantástica», todo esto, lejos de tener un origen
popular, no es, en definitiva, ni siquiera de origen humano, porque la
tradición se define precisamente, en su misma-esencia, por su carácter
suprahumano. Lo que puede ser popular es únicamente el hecho de
la «supervivencia», cuando estos elementos pertenecen a formas
tradicionales desaparecidas; y, a este respecto, el término «folkiore»
adquiere un significado bastante próximo al de «paganismo»,
teniendo sólo en cuenta la etimología de este último
y quitándole la intención polémica e injuriosa. El
pueblo conserva así, sin comprenderlos, los residuos de tradiciones
antiguas, que se remontan incluso a veces a un pasado tan lejano que sería
imposible determinarlo exactamente y que nos contentamos con remitir, por
esta razón, al terreno nebuloso de la «prehiistoria»;
llena en esto la función de una especie de memoria colectiva más
o menos «subconsciente», cuyo contenido proviene manifiestamente
de otra parte. Lo que puede parecer más asombroso es que, cuando
se va al fondo de las cosas, se comprueba que lo que se ha conservado de
ese modo contiene sobre todo, bajo una forma más o menos velada,
una suma considerable de datos de orden propiamente esotérico, es
decir, precisamente lo que es menos popular por naturaleza. De este hecho
sólo existe una explicación plausible: cuando una forma tradicional
está a punto de extinguirse, sus últimos representantes pueden
muy bien confiar voluntariamente a este memoria colectiva de la que acabamos
de hablar lo que de otro modo se perdería irremisiblemente; éste
es, en suma suma, el único modo de salvar lo que puede serlio en
una cierta medida; y, al mismo tiempo, la incomprensión natural
de la masa es una garantía suficiente de que lo que poseía
un carácter esotérico no por ello será desposeído
de] mismo, permaneciendo solamente, como una especie de testimonio del
pasado, para aquellos que, en otros tiempos, serán capaces de comprenderlo.
Dicho
esto, no vemos por qué se atribuiría indistintamente al «folkiore»,
sin un examen más amplio, todos los elementos «precristianos»,
y más particularmente célticos, que se encuentran en la leyenda
del Grial, pues la distinción que conviene hacer a este respecto
es la de las formas tradicionales desaparecidas y las que están
vivas actualmente, y, por consiguiente, la pregunta que se debería
hacer es la de saber si la tradición céltica habla realmente
cesado de vivir cuando se constituyó la leyenda de que se trata.
Esto es, cuando menos, dudoso: por una parte, esta tradición pudo
mantenerse por más tiempo de lo que de ordinario se cree, con una
organización más o menos oculta, y, por otra parte, esta
misma leyenda, en sus elementos esenciales, puede ser mucho más
antigua de lo que piensan los «críticos», no porque
hubiera forzosamente textos hoy en día desaparecidos, sino, antes
bien, por una transmisión oral que puede haber durado varios siglos,
lo que está lejos de ser un hecho excepcional. Por nuestra parte
venos ahí la señal de una "unión" entre dos formas
tradicionales, una antigua y otra entonces nueva, la tradición céltica
y la tradición cristiana, unión por la cual, lo que debía
conservarse de la primera fue, de alguna forma, incorporado a la segunda,
mortificándose sin duda hasta cierto punto, por adaptación
y asimilación, pero no hasta el extremo de transponerse sobre otro
plano como lo quisieran algunos, pues existen equivalencias entre todas
las tradiciones regulares. Tenemos pues aquí algo muy distinto que
una simple cuestión de «fuentes», en el sentido en que
lo entienden los eruditos. Sería quizá difícil precisar
exactamente el lugar y la fecha en que se produjo esa unión, pero
esto no posee más que un interés secundario y casi únicamente
histórico; es fácil, además, concebir que estas cosas
son de aquellas que no dejan vestigios en «documentos» escritos.
El punto importante para nosotros, y que no nos parece de ningún
modo dudoso, es que los orígenes de la leyenda del Grial deben relacionarse
con la transmisión de ciertos elementos tradicionales, de orden
más propiamente iniciático, del Druidismo al Cristiansmo;
habiéndose efectuado esta transmisión regularmente, y, fueran
cuales fueren, por otra parte, sus modalidades, esos elementos formaron
desde entonces parte integrante del esoterismo cristiano. La existencia
de éste en el Medievo es absolutamente cierta; abundan pruebas de
todo tipo para quien sepa verlas, y las negaciones, debidas a la incomprensión
moderna, ya provengan de partidarios o adversarios del Cristianismo, nada
prueban contra este hecho. Conviene fijarse bien en que decirnos «esoterisrmo
cristiano» y no «Cristianismo esotéricos; porque no
se trata, en absoluto, de una forma especial de Cristianismo, se trata
del lado «interior» de la tradición cristiana, y es
fácil comprender que en ello hay más que una simple diferenciación.
Además, cuando conviene distinguir en una forma tradicional dos
facetas, una exotérica y otra esotérica, debe entenderse
bien que ellas no se refieren al mismo terreno, de modo que no puede haber
entre ellas conflicto -u oposición de ningún tipo; en particular,
cuando el exoterismo reviste un carácter específicamente
religioso, como es aquí el caso, el esoterismo correspondiente,
aun teniendo necesariamente en él su base y su apoyo, no tiene en
sí mismo nada que ver con el terreno religioso, y se sitúa
en un orden totalmente distinto. De esto resulta inmediatamente que ese
esoterismo no puede en ningún caso ser representado por «Iglesias»
o «sectas» cualesquiera, las cuales, por definición
misma, son siempre religiosas, luego exotéricas; bien es verdad
que algunas «sectas» han podido nacer de una confusión
entre la dos esferas y de una «exteriorización» errónea
de datos esotéricos mal comprendidos y mal aplicados; pero las organizaciones
iniciáticas verdaderas, manteniéndose estrictamente en el
terreno que les es propio, permanecen forzosamente ajenas a tales desviaciones,
y su misma «regularidad» las obliga a no reconocer más
que lo que presenta un carácter de rigurosa ortodoxia, aunque sólo
fuera en el aspecto exotérico. Se puede estar bien seguro por este
motivo que aquellos que quieren relacionar con "sectas" lo que concierne
al esoterismo o a la iniciación, siguen un camino equvocado y no
pueden mas que perderse; no es necesario examinar estas cosas de más
cerca para destacar toda hipótesis de este tipo, y, si en algunas
«sectas» se encuentran elementos que parecen ser de naturaleza
esotérica, hay que concluir de ello de que de ningún modo
tienen en ellas su origen, si no que, bien al contrario, han sido desviados
en ellas de su verdadero significado.
Puesto
que esto es así, algunas aparentes dificultades a las que hacia
alusión al principio se encuentran al punto resueltas, o, mejor
dicho, se aprecia que son inexistentes: no hay motivos para preguntarse,
por ejempio, cual puede ser la situación con relación a la
ortodoxia cristiana, entendida en su sentido ordinario, de una línea
de transmisión al margen de la «sucesión apostólicas,
como aquella que encontramos en algunas versiones de la leyenda del Grial;
se trata aquí de una jerarquía iniciática, la jerarquía
religiosa o eclesiástica no puede de ninguna manera ser afectada
por su existencia, que no le concierne, y que, por otra parte, ella no
tiene por qué conocer «oficialmente», si podemos decirlo
así, porque ella misma no tiene competencia y no ejerce jurisdicción
legítima más que en el terreno exotérico. Igualmente,
cuando se trata de una fórmula secreta relacionada con ciertos ritos,
hay una singular ingenuidad en preguntarse si la pérdida u omisión
de esta fórmula no corre el riesgo de impedir que la celebración
de la misa pueda ser contemplada corno válida; la misa, tal como
es, es un rito religioso, mientras que en aquel caso, se trata de un rito
iniciático, lo que indica suficientemente su carácter secreto;
cada uno es válido dentro de su orden, e incluso, si 'uno y otro
tienen en común un carácter «eucarístico»,
como ocurre también en el caso de la cena rosacruciana, esto no
cambia nada de esta distinción esencial, como tampoco el hecho de
que un mismo símbolo pueda ser interpretado a la vez desde los dos
puntos de vista, exotérico y esotérico, no impide que éstos
sean profundamente distintos y se refieran. como ya lo hemos dicho, a terrenos
completamente diferentes; cualesquiera que puedan ser a veces las semejanzas
exteriores, que se explican, por otra parte, por algunas correspondencias
reales, el alcance y la finalidad de los ritos iniciáticos son completamente
distintos que los de los ritos religiosos.
Ahora
bien, que los escritos que conciernen a la leyenda del Grial emanaran,
directa o indirectamente, de una organización iniciática,
esto no quiere decir, en absoluto, que constituyan un ritual de iniciación,
como algunos lo han supuesto bastante caprichosa- mente; y es curioso notar
que nadie ha emitido jamás una hipótesis semejante, por lo
menos que sepamos, para obras que, sin embargo, describen de forma mucho
más ma- nifiesta un proceso iniciático, como la Divina Comedia
o el Roman de la Rose; es bien evidente que todos los escritos que presentan
un carácter esotérico no por ello son rituales. En el presente
caso, esta suposición tropieza con cierto número de inverosimilitudes:
tal es, en particular, el hecho de que el pretendido candidato tenga que
formular una pregunta, en lugar de tener, por el contrario, que responder
a las preguntas del iniciador, como ocurre en general; las divergencias
que existen entre las diferentes versiones son igualmente incompatibles
con el carácter de un ritual, que tiene necesariamente una forma
fija y bien definida; pero creemos poco útil insistir más
sobre este punto. Por otro lado, cuando hablamos de organizaciones iniciáticas,
debe quedar bien claro que no hay que imaginárselas en modo alguno,
siguiendo un error muy extendido que a me- nudo hemos tenido que señalar,
como sien- do, más o menos, lo que hoy día se denomina «sociedades»,
con todo el aparato de formalidades exteriores que esta palabra implica;
si algunas de entre ellas, en Occidente, han llegado a tomar tal forma,
esto no es más que el efecto de un tipo de degeneración muy
moderno. Al¡! donde nuestros contemporáneos no encuentran
nada que se asemeje a una «sociedad», muy a menudo parecen
no ver otra posibilidad que la de una cosa vaga e indeterminada, que no
tiene más que una existencia simplemente «ideal», es
decir, en suma, para quien no se para en palabras, puramente imaginaria;
pero las realidades iniciáticas no tienen nada en común con
es- tas concepciones nebulosas, y, al contrario, son algo muy «positivo».
Lo que interesa saber ante todo es que ninguna iniciació puede existir
fuera de toda organización y de toda transmisión regular
y, precisamente, si se quiere saber donde se encuentra verdaderamente lo
que se ha llamado a veces el «secreto del Grial», hace falta
referirse a la constitución de los centros espirituales de donde
emana toda iniciación, porque, bajo la cobertura de los relatos
legendarios, de esto es esencialmente de lo que se trata en realidad.
Hemos
expuesto en nuestro estudio sobre "Le Roi du Monde" las consideraciones
que se refieren a esta cuestión y no podemos hacer aquí otra
cosa que resumirlas; pero conviene que indiquemos al menos lo que es el
simbolismo del Grial en sí mismo, dejando de la- do los detalles
secundarios de la leyenda, por significativos que puedan ser. A este respecto,
debemos decir en primer lugar que, aun- que hayamos hablado hasta aquí
de la tradición céltica y de la tradición cristiana,
porque ellas son las que nos conciernen di- rectamente cuando se trata
del Grial, el símbolo de la copa o del vaso es, en realidad, de
los que bajo una forma u otra, se encuentran en todas las tradiciones y
de los que se puede decir que pertenecen verdaderamente al simbolismo universal.
También nos hace falta precisar que, a pesar de lo que puedan pensar
aquellos que se atienen a un punto de vista exterior y exclusivamente histórico,
esta comunidad de símbolos, entre las formas tradicionales más
diversas y más alejadas unas de otras, en el espacio y en el tiempo,
de ningún modo es debida a «préstamos», que,
en muchos casos, serían completamente imposibles; la verdad es que
estos símbolos son universales porque pertenecen ante todo a la
tradición primordial de la que todas estas formas diversas han derivado,
directa o indirectamente.
Las
asimilaciones que algunos «historiadores de las religiones»
han contemplado respecto al «vaso sagrado», son, pues, completamente
justificadas en si mismas; pero lo que hay que rechazar es, por una parte,
sus explicaciones de la migración de los símbolos»,
que pretenden que no hacen referencia más que a simples contingencias
históricas, y también, por la otra, las interpretaciones
«naturalistas» que no son debidas más que a la incomprensión
moderna del simbolisrno y que no podrían ser válidas para
ninguna tradición. Es particularmente importante llamar aquí
la atención sobre este último punto, porque algunos, aceptando
sin discusión tal interpretación para el «vaso de abundancias
de las tradiciones antiguas, céltica y otras, han creído
que en ellas no habla ninguna vinculación real con el significado
«eucarístico» de la copa en el Cristianismo, de manera
que la similitud establecida entre uno y otra en la leyenda del Grial no
sería más que uno de esos elementos supuestamente «folklóricos»
que ellos consideran como sobreañadidos y cuyo carácter y
alcance desconocen enteramente; por el contrario, para quien comprende
bien el simbolismo, no solamente no hay aquí ninguna diferencia
radical, sino que, incluso puede decirse que en el fondo es exactamente
la misma cosa. En todos los casos, aquello de que se trata es siempre el
recipiente que contienes el alimento o la bebida de la inmortalidad, con
todos los significados que están implicados en ello, comprendido
aquel que lo asimila al conocimiento tradicional mismo, en cuanto éste
es el «pan bajado del cielo», conforme a la afirmación
evangélica según la cual «no sólo de pan -terreno-
vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»,
es decir, de una manera general, que emana de un origen suprahumano, y
que, bajo cualquier forma exterior con que se revista, es siempre y en
definitiva una expresión o una manifestación del Verbo divino.
Por esto es por lo que, por otra parte, el Grial no es sólo una
copa, sino que aparece también algunas veces como un libro, que
es propiamente el «Libro de Vida», o el prototipo celeste de
todas las Escrituras sagradas; ambos aspectos pueden incluso encontrarse
reunidos, pues, en algunas versiones, el libro es reemplazado por una inscripción
trazada sobre la copa por un ángel o por Cristo mismo. Recordaremos
también a este respecto el lapsit exilis de Wolfram von Eschenbach,
la piedra caída del Cielo sobre la que aparecían en determinadas
circunstancias inscripciones de origen asimismo «no humano»;
pero no podemos insistir más sobre estos aspectos, menos conocidos
generalmente que aquel en el que el Grial es representado bajo la forma
de una copa. Señalaremos únicamente, para mostrar que, a
pesar de las apariencias, estos diferentes aspectos no son de ningún
modo contradictorios entre sí, que incluso cuando es una copa, el
Grial es también, al mismo tiempo, una piedra, e incluso una piedra
caída del Ciclo, porque, según la leyenda, habría
sido tallada por los ángeles de una esmeralda desprendida de la
frente de Lucifer cuando su caída. Este origen es particularmente
destacable, porque esta esmeralda frontal se identifica con el «tercer
ojo» de la tradición hindú, que representa el «sentido
de la eternidad», lo que nos devuelve, por lo demás, a la
idea del «alimento de inmortalidad», pues es evidente que la
verdadera inmortalidad está esencialmente vinculada a la posesión
de ese "sentido de la eternidad"; y, como éste viene dado por el
conocimiento efectivo de la verdad tradicional, vemos que todo esto es
en realidad perfectamente coherente.
Se
ha dicho también que el Grial fue confiado a Adán en el Paraíso
terrenal, pero que, después de la caída, Adán lo perdió
a su vez, pues no pudo llevárselo consigo cuando fue expulsado del
Edén; con el significado que acabamos de indicar, esto se comprende
inmediatamente. En efecto, el hombre, separado de su centro original, desde
entonces se encontraba encerrado en la esfera temporal; ya no podía,
por consiguiente, alcanzar el punto único desde el que todas las
cosas son contempladas bajo el aspecto de la eternidad. En otras palabras,
esta posesión del «sentido de la eternidad», del que
acabamos de hablar, pertenece, propiamente dicho, a lo que todas las tradiciones
denominan el «estado primordial», cuya restauración
constituyese el primer estadio de la verdadera iniciación, siendo
la condición previa para la conquista efectiva de los estados suprahumanos
pues la comunicación con éstos no es posible más que
a partir del punto central del estado humano; bien entendido que lo que
representa el Paraíso terrenal no es otra cosa que el «Centro
del Mundo». Así, el Grial corresponde, al mismo dos cosas,
una doctrina tradicional y un estado espiritual, que son estrechamente
solidarios una de otro: aquel que posee íntegramente la tradición
primordial y que ha llegado al grado de conocimiento efectivo que implica
esencialmente esta posesión queda, en efecto, por ello mismo, reintegrado
en la plenitud del «estado primordial»,
lo que equivale a decir que, en lo sucesivo, estará restituido en
el «Centro del Mundo».
Por
otro lado, la copa es, por ella misma, uno de los símbolos cuyo
significado es esencialmente «central», al igual que la lanza
que acompaña al Grial, que es, de algún modo, complementaria
de éste, siendo una de las representaciones tradicionales del «Eje
del Mundo», el cual, pasando por el punto central de cada estado,
une entre sí todos los estados del ser. Este significado de la copa
resulta inmediatamente de su asimilación simbólica con el
corazón; no deja de tener interés señalar, a este
respecto, que en los antiguos jeroglíficos egipcios el corazón
mismo era representado por un vaso; por otra parte, el corazón y
la copa tienen, tanto el uno como la otra, por esquema geométrico
el triángulo, cuya punta está dirigida hacia abajo, tal como
se encuentra, en particular, en algunos yantras de la India. Por lo que
se refiere más particularmente al Grial, bajo la forma específica
cristiana de la leyenda, su conexión con el corazón de Cristo,
cuya sangre contiene, es demasiado evidente para que sea necesario insistir
más en ello. En todas las tradiciones, «Corazón del
Mundo» y "Centro del Mundo» son expresiones equivalentes; no
habiendo aquí, por otra parte, nada contradictorio con lo que hemos
dicho antes respecto del «tercer ojo», pues, en la medida en
que el corazón es considerado como centro del ser, es también
en él donde reside realmente «el sentido de la eternidad».
Pero naturalmente no podemos pensar en extendernos aquí sobre la
concordancia de estos diversos símbolos, ni sobre su relación
con ciertas «localizaciones» que se corresponden con diferentes
grados o estados espirituales del ser humano. Hemos de hablar todavía
un poco de la «demanda del Grial», que se vincula también
a un simbolismo muy general, pues, en casi todas las tradiciones, se alude
a un, algo que, a partir de una determinada época, habría
sido perdido o cuando menos ocultado, y que la iniciación debe permitir
encontrar de nuevo; este «algo» puede ser representado de muy
diferentes formas según los casos, pero, en el fondo, el sentido
es siempre el mismo. Cuando se dice que Set logró volver a entrar
en el Paraíso terrenal y pudo así recuperar el precioso vaso
que otros poseyeron después de él, debe comprenderse que
se trata del establecimiento de un centro espiritual destinado a reemplazar
al Paraíso perdido, y que era como una imagen de éste; y
entonces esta posesión del Grial representa la conservación
integra de la tradición primordial en un centro espiritual así.
La pérdida del Grial o de alguno de sus equivalentes simbólicos
es, en suma, la pérdida de la tradición con todo lo que ésta
comporta; por otra parte, a decir verdad, esta tradición está
oculta más que perdida, o al menos, no puede nunca estar perdida
más que para algunos centros secundarios, cuando éstos dejan
de estar en relación directa con el centro supremo. En cuanto a
este último, conserva siempre intacto el depósito de la tradición
y no es afectado por los cambios que ocurren en el mundo exterior en el
transcurso del desarrollo del ciclo histórico; pero, al igual que
el Paraíso terrenal se ha vuelto inaccesible, el centro supremo,
que es, en suma, su equivalente, puede, en el transcurso de un cierto periodo,
no ser manifestado exteriormente, y entonces se puede decir que la tradición
estará perdida para el conjunto de la humanidad, pues ella no se
conserva más que en algunos centros rigurosamente cerrados, y el
grueso de la humanidad, aunque reciba todavía de ella ciertos reflejos
por mediación de las formas tradicionales particulares, que han
derivado de ella, ya no participa de ella de un modo consciente y efectivo,
contrariamente a lo que tenla lugar en el estado original. La pérdida
de la tradición puede ser entendida, en este sentido general, o
bien ser relacionada con el obscurecimiento del centro espiritual secundario
que regía, más o menos visiblemente, los destinos de un pueblo
en particular o de una civilización determinada; por consiguiente,
hace falta, cada vez que se encuentre un simbolisrno que se relacione con
ella, examinar si debe ser interpretado en uno o en otro de estos dos sentidos.
Además, hay que significar que la constitución misma de los
centros secundarios, correspondientes a formas tradicionales particulares,
cualesquiera que sean, indica ya un primer grado de obscurecimiento respecto
de la tradición primordial, puesto que el centro supremo, desde
entonces, deja de estar en contacto directo con el exterior y el vínculo
sólo se mantiene a través de los centros secundarios, que
son los únicos que se conocen; por este motivo es por el cual encontrarnos
a menudo cosas «substituidas», que pueden ser palabras u objetos
simbólicos. Por otra parte, si un centro secundario llega a desaparecer,
se puede decir que, de alguna manera, es reabsorbido en el centro supremo,
del que no es más que una emanación; aquí, como en
el caso del obscurecimiento general que se produce conforme a las leyes
cíclicas, hay además que advertir grados: puede darse el
caso de que un centro así pase a ser sólo más oculto
y más cerrado, lo cual puede ser representado por el mismo simbolismo
que su desaparición completa, pues, todo alejamiento del exterior
es, al mismo tiempo, y en una medida equivalente, un retorno al Principio.
Queremos hacer alusión aquí, más particularmente,
al simbolismo de la desaparición final del Grial: que éste
fuera arrebatado al Cielo, según algunas versiones, o transportado
al «Reino del Preste Juan», según otras, esto significa
exactamente lo mismo, aun cuando los «críticos», que
ven contradicciones por todas partes, seguramente ni lo sospechan. Se trata
siempre de esta misma retirada del exterior hacia el interior, en razón
del estado del mundo en una determinada época o, para hablar más
exactamente, de esa parte del mundo que está en relación
con la forma tradicional considerada; esta retirada no se aplica aquí,
por otra parte, más que al lado esotérico de la tradición,
mientras el lado exotérico, en un caso como el del Cristianismo,
permanece sin ningún cambio aparente; pero precisamente por el lado
esotérico por el que se establecen y mantienen los vínculos
efectivos con el centro supremo, por cuanto estos vínculos implican
necesariamente la conciencia de la unidad esencial de todas las tradiciones;
lo cual no puede ser competencia del exoterismo, cuyo horizonte está
siempre limitado exclusivamente a una forma particular. Que subsista, no
obstante, cierta relación con el centro supremo, pero de alguna
manera invisible e inconscientemente, mientras la forma tradicional considerada
permanece viva, esto debe darse, forzosamente, a pesar de todo; pues si
fuera de otro modo, esto equivaldría a decir que el «espíritu»
se habría retirado enteramente de la misma Y que ella ya no es verdaderamente
más que un cuerpo muerto. Se ha dicho que el