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Así,
el cosmos se estructura como d inmenso organismo, el sendero trazado en
el que toda inteligencia divina (Se-fira:
plural Sefiroí h) se halla
en comunicación con la precedente de la cual recibe, y con
la siguiente, a la que da, hasta el paso final: el contacto con nuestro
mundo.
Las
diez Sefiroth, unidas unas a otras
por senderos impuestos que indican su interdependencia, y representadas
por la estructura simbólica de un árbol, de un hombre (Adán Cadmon)
o de un candelabro de siete brazos, siguen un riguroso orden :
Kether:
la corona
Hokhmah:
la sabiduría
Binah:
la inteligencia
Hesed:
la grandeza
Geburah:
la justicia y la severidad
Tipherzt:
la belleza
Neshah:
la victoria o la eternidad
Hod:
la gloria
Yesod:
el fundamento
Malkut:
el Reino o la tierra
La
compleja y admirable organización del árbol sefirótico,
con sus 22 senderos, que reúnen entre sí las 10 emanaciones
divinas, deja traslucir inmediatamente los estrechos vínculos
que existen entre las Sefiroth y
las 22 letras del alfabeto hebraico, las 22 láminas del Tarot
y los 22 símbolos astrológicos (12 signos más
10 planetas).
Dado
que Dios creó el mundo pronunciando el nombre de las cosas,
cada letra está asociada al descenso de las inteligencias divinas
y encierra en sí un poder infinito. El hebreo es, como el egipcio,
el sánscrito o el chino, una lengua litúrgica, cargada
de las voces de millares de hombres que dialogan con la divinidad; pronunciar
un sonido en lugar de otro equivale así a trastocar y a modificar
la creación, basada en un sutil equilibrio vibratorio. En el mismo
orden de ideas, la oración, en un principio súplica fideísta
y devota, se transforma igualmente en un sistema activo y
enérgico para agitar las esferas intermedias que separan al
hombre de Dios, depositario del orden cósmico.
La
cábala, bien sea que se dirija exclusivamente a la especulación
teórica o que proponga objetivos prácticos y precisos como
la teurgia y la fabricación de talismanes o de pentáculos,
siempre recurre a instrumentos muy determinados basados en el cálculo
y el número.
El
sonido es una vibración que se manifiesta en el número. El
número es un conjunto de relaciones geométricas, de espacios
que activan la energía. Y el ciclo vuelve a empezar.
Quizás
esto baste para comprender que la cábala está muy lejos del
juego exótico y popular con el que a menudo se la confunde y tanto
más cuanto que hoy, en una época enferma por la locura
y el sueño de un poder exterior, del bienestar, ha logrado borrar
todas sus huellas. Es imposible, o casi imposible, encontrar un buen
maestro que conozca a fondo esta joya de la mística judía,
floreciente en España, en el Languedoc
y en Polonia a fines de la Edad Media. No nos quedan más que obras
fragmentarias, limitadas además al aspecto filosófico de
esta doctrina. En cuanto al lado práctico, dado el peligro
inmenso ligado a la manipulación de las energías divinas,
éstas se basan en el silencio.
Las
fórmulas de nuestros libros mágicos medievales se hallan
tan rebosantes de nombres hebreos para designar a Dios, los ángeles,
los espíritus y los demonios que, actualmente, es imposible
determinar las inexactitudes y los abusos. El hebreo es una lengua difícil,
extraña, incomprensible, y ello ha bastado para conferirle un poder
mágico. Ahora bien, la condición sine qua non para
acceder a la cábala es la conocer, e incluso, dominar el hebreo.
Imagine
los jeroglíficos más herméticos de una tienda
de enigmas, las criptografías más oscuras, cárguelas
de sacralidad, obsérvelas desde
el punto de vista de la comprensión filosófica del universo
y de su utilidad mágica, y empezará a hacerse una idea
de lo que es la cábala.
Cada
letra del alfabeto hebreo corresponde, exactamente, como en el «lenguaje
cifrado», a un número, pues los Judíos, los griegos
y los árabes utilizaron hasta la invasión de las Indias
(hacia e! ano 1500), de donde fueron importados los números, el
mismo signo gráfico para indicar un sonido o una cantidad.
La Guematría, el más
«elemental» de los sistemas cabalísticos para descifrar
el sonido, consiste en desplazar entre sí palabras compuestas de
signos diversos, pero cuya suma es igual al mismo valor numérico.
El
NoTankón,
de donde probablemente se deriva la moda de los acrósticos
que hizo furor hace dos siglos, crea palabras nuevas a partir de las letras
iniciales o finales de los términos que componen una frase, o al
revés, saca una frase de una sola palabra. Finalmente, la Temurah
sustituye una letra por otra en función de combinaciones alfabéticas Sirufim.¿Cuál
es el fin de esta labor inmensa y aparentemente irracional? Crear dos niveles
de comprensión de las Escrituras: uno exotérico, la
habitual fábula bíblica de uso popular, y otro esotérico,
tejido de símbolos y de nombres divinos y accesibles únicamente
a los iniciados.
Estos
nombres divinos, secretos, impronunciables, esos sobrenombres ocultos
de los espíritus y de los demonios, son de hecho instrumentos mágicos:
evocándolos, el teurgista gobierna
d universo y reconquista, recobrando progresivamente la armonía
perdida, d jardín del Edén del que fue expulsado.
Hoy
en día es extremadamente difícil o prácticamente
imposible dar una aplicación práctica a la cábala.
Un método, el más sencillo, podría ser la utilización
con fines exclusivamente talismánicos de los famosos cuadrados mágicos,
cuadrilaterales: si se suman las letras leídas horizontalmente,
verticalmente o en diagonal, siempre se obtiene el mismo número,
una cifra mágica que corresponde al planeta al que pertenece.
La tradición cabalística del talismán, codificada
hacia el año 1400 por Abramelin el mago, nos ha legado infinidad
de cuadrados mágicos, algunos ligados a los planetas, otros
asociados a demonios y espíritus, y todos dotados de los
más diversos efectos. Estando dotados del inmenso poder del
número, parece que actúan como catalizadores de fuerzas
capaces de atraer sobre e! portador el efecto deseado. Pero trataremos
este tema con más detalle en el último capítulo de
este libro.
Para
los que no saben leer el hebreo —y son muy numerosos— y, por tanto, no
pueden consultar un diccionario de esta lengua, el otro método es
el de la trascripción. Transcribir (es decir, traducir un alfabeto
en otro caracterizado por sonidos diferentes) una lengua sagrada a
otra profana, realmente no es tarea fácil. Ante todo, e! hebreo
no tiene vocales, o al menos si las tiene cumplen una función
puramente accesoria, de apoyo variable para el sonido y, sobre todo,
están desprovistas de todo
A
pesar de todo, hay ciertos autores que no dudan en lanzarse de cabeza a
ese juego complicado de la transformación, para aplicar después
los mismos principios de la Guematría,
la Temurah y el Notarikón
a los alfabetos latino, italiano, francés e inglés.
Una
práctica cabalística sugiere, siempre y cuando el hebreo
no sea totalmente desconocido, hacer corresponder a cada una
de las cifras de una fecha con la letra correspondiente, teniendo
en cuenta el hecho de que el calendario judío arranca desde 3760,
año de la creación. Así, el año 1988 pasa a
ser el 5748, y dejando de lado la cifra de los miles, nos da la siguiente
suma: 748 = 400 + 300 + 40 + 8, es decir, Tau, Shin, Mem, Chefh
= Tis-mach, que significa «te
alegrarás». De la misma manera, con 1914, principio de la
Primera Guerra Mundial, se obtiene 5674 = 400 + 200 +70+4, es decir: Tau, Resch, Ayin, Daleth,
que dan Tir'ad «Matarás»,
y para 1938Tirtzach, «temblarás
de terror».
Así
pues, ¿por qué no seguir el ejemplo de Cardan, Paracelse,
o E. Levi que, habiéndose dado cuenta
de la importancia de este alfabeto mágico, no dudaron en acometer
la tarea valientemente y aprenderlo?
¿Por
qué dejarse paralizar por pequeñas dificultades? Quizá
se encuentren huellas de esta compleja y maravillosa filosofía,
desgraciadamente borradas en numerosos pasajes, en las sociedades
esotéricas de Rosa-Cruz y de los Martinistas:
huellas que hay que localizar y reinterpretar.
La
cábala representa la suma de todo el saber secreto, la preciosa
reina de lo Oculto, tan preciosa que la escondieron y se perdió.
Cada adepto del esoterismo conserva en el fondo la esperanza de encontrarla
de nuevo, algún día.

Alfabeto
hebreo

El
árbol Cefirótico o árbol
de la vida