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EL GRAN LIBRO DE LAS CIENCIAS OCULTAS
(TUAN, Laura )

La Cábala

 
C
uando Moisés subió al monte Sinaí, rodeado de nubes fantásticas y cara al infinito, Dios le entregó las Tablas de la Ley, eso es lo que afirma el Penta­teuco. Los cabalistas, por su parte, sos­tienen que Moisés recibió del cielo, además de las Tablas, conocimientos peligrosos y secretos que no se deben transmitir oralmente más que al que se muestre realmente digno de ello. Re­montándonos todavía más lejos, algu­nos pueden ver en la cábala las miste­riosas instrucciones dictadas a Adán durante su sueño, que le permitieron dar nombre a toda la creación. La cába­la (= tradición), es la filosofía.del poder infinito de la palabra, del sonido al hombre a su imagen y construyó el mundo llamando a cada cosa por su nombre; el cabalista se erige en imi­tador de Dios, un imitador legítimo, puesto que es la imagen de Dios y puesto que de Él ha recibido el don que le permite, a su vez, crear. Esta búsqueda de la utilización práctica de la palabra sirve lo mismo para leer el porvenir como para manipular real­mente las energías vibratorias secretas para fines realmente útiles o pata crear, según la leyenda, a seres robotizados al servicio de su demiurgo: los golems, que constituyen el aspecto activo de la cábala. Sin embargo, también implica un revés especulativo, un misticismo tendente a descubrir, a través de la in­terpretación de las Escrituras y de la meditación sobre el sonido y el nom­bre, la trama del Universo y del destino de los hombres.
El EinSof (el infinito, lo innom­brable) se afirma; revelándose a la hu­manidad se convierte en Shekinah (pre­sencia de Dios y de su parte femenina) que se ocupa de la creación, su produc­to. La creación es fruto de un descenso progresivo de lo divino —que, sin em­bargo, no pierde nunca su propia uni­dad ni su trascendencia— en una serie de inteligencias puras, indisociables de lo divino, hasta que se concreta en la materia.

Así, el cosmos se estructura como d inmenso organismo, el sendero trazado en el que toda inteligencia divina (Se-fira: plural Sefiroí h) se halla en comu­nicación con la precedente de la cual recibe, y con la siguiente, a la que da, hasta el paso final: el contacto con nues­tro mundo.

Las diez Sefiroth, unidas unas a otras por senderos impuestos que indi­can su interdependencia, y representa­das por la estructura simbólica de un árbol, de un hombre (Adán Cadmon) o de un candelabro de siete brazos, si­guen un riguroso orden :

Kether: la corona

Hokhmah: la sabiduría

Binah: la inteligencia

Hesed: la grandeza

Geburah: la justicia y la severidad

Tipherzt: la belleza 

Neshah: la victoria o la eternidad

Hod: la gloria

Yesod: el fundamento

Malkut: el Reino o la tierra

La compleja y admirable organiza­ción del árbol sefirótico, con sus 22 senderos, que reúnen entre sí las 10 emanaciones divinas, deja traslucir in­mediatamente los estrechos vínculos que existen entre las Sefiroth y las 22 letras del alfabeto hebraico, las 22 lá­minas del Tarot y los 22 símbolos as­trológicos (12 signos más 10 planetas).

Dado que Dios creó el mundo pro­nunciando el nombre de las cosas, cada letra está asociada al descenso de las inteligencias divinas y encierra en sí un poder infinito. El hebreo es, como el egipcio, el sánscrito o el chino, una len­gua litúrgica, cargada de las voces de millares de hombres que dialogan con la divinidad; pronunciar un sonido en lugar de otro equivale así a trastocar y a modificar la creación, basada en un sutil equilibrio vibratorio. En el mis­mo orden de ideas, la oración, en un principio súplica fideísta y devota, se transforma igualmente en un sistema activo y enérgico para agitar las esfe­ras intermedias que separan al hombre de Dios, depositario del orden cósmico.

La cábala, bien sea que se dirija ex­clusivamente a la especulación teórica o que proponga objetivos prácticos y precisos como la teurgia y la fabrica­ción de talismanes o de pentáculos, siempre recurre a instrumentos muy determinados basados en el cálculo y el número.

El sonido es una vibración que se manifiesta en el número. El número es un conjunto de relaciones geométricas, de espacios que activan la energía. Y el ciclo vuelve a empezar.

Quizás esto baste para comprender que la cábala está muy lejos del juego exótico y popular con el que a menudo se la confunde y tanto más cuanto que hoy, en una época enferma por la locu­ra y el sueño de un poder exterior, del bienestar, ha logrado borrar todas sus huellas. Es imposible, o casi impo­sible, encontrar un buen maestro que conozca a fondo esta joya de la mística judía, floreciente en España, en el Languedoc y en Polonia a fines de la Edad Media. No nos quedan más que obras fragmentarias, limitadas además al aspecto filosófico de esta doctrina. En cuanto al lado práctico, dado el pe­ligro inmenso ligado a la manipulación de las energías divinas, éstas se basan en el silencio.

Las fórmulas de nuestros libros má­gicos medievales se hallan tan rebo­santes de nombres hebreos para desig­nar a Dios, los ángeles, los espíritus y los demonios que, actualmente, es im­posible determinar las inexactitudes y los abusos. El hebreo es una lengua di­fícil, extraña, incomprensible, y ello ha bastado para conferirle un poder mágico. Ahora bien, la condición sine qua non para acceder a la cábala es la conocer, e incluso, dominar el he­breo.

Imagine los jeroglíficos más hermé­ticos de una tienda de enigmas, las crip­tografías más oscuras, cárguelas de sa­cralidad, obsérvelas desde el punto de vista de la comprensión filosófica del universo y de su utilidad mágica, y em­pezará a hacerse una idea de lo que es la cábala.

Cada letra del alfabeto hebreo co­rresponde, exactamente, como en el «lenguaje cifrado», a un número, pues los Judíos, los griegos y los árabes uti­lizaron hasta la invasión de las Indias (hacia e! ano 1500), de donde fueron importados los números, el mismo sig­no gráfico para indicar un sonido o una cantidad. La Guematría, el más «ele­mental» de los sistemas cabalísticos para descifrar el sonido, consiste en desplazar entre sí palabras compuestas de signos diversos, pero cuya suma es igual al mismo valor numérico.

El NoTankón, de donde probable­mente se deriva la moda de los acrós­ticos que hizo furor hace dos siglos, crea palabras nuevas a partir de las le­tras iniciales o finales de los términos que componen una frase, o al revés, saca una frase de una sola palabra. Fi­nalmente, la Temurah sustituye una letra por otra en función de combina­ciones alfabéticas Sirufim.¿Cuál es el fin de esta labor inmensa y aparentemente irracional? Crear dos niveles de comprensión de las Es­crituras: uno exotérico, la habitual fá­bula bíblica de uso popular, y otro eso­térico, tejido de símbolos y de nombres divinos y accesibles únicamente a los iniciados.

Estos nombres divinos, secretos, im­pronunciables, esos sobrenombres ocul­tos de los espíritus y de los demonios, son de hecho instrumentos mágicos: evocándolos, el teurgista gobierna d universo y reconquista, recobrando progresivamente la armonía perdida, d jardín del Edén del que fue expul­sado.

Hoy en día es extremadamente difí­cil o prácticamente imposible dar una aplicación práctica a la cábala. Un mé­todo, el más sencillo, podría ser la uti­lización con fines exclusivamente talismánicos de los famosos cuadrados má­gicos, cuadrilaterales: si se suman las letras leídas horizontalmente, verticalmente o en diagonal, siempre se ob­tiene el mismo número, una cifra mági­ca que corresponde al planeta al que pertenece. La tradición cabalística del talismán, codificada hacia el año 1400 por Abramelin el mago, nos ha legado infinidad de cuadrados mágicos, algu­nos ligados a los planetas, otros asocia­dos a demonios y espíritus, y todos do­tados de los más diversos efectos. Es­tando dotados del inmenso poder del número, parece que actúan como catali­zadores de fuerzas capaces de atraer so­bre e! portador el efecto deseado. Pero trataremos este tema con más detalle en el último capítulo de este libro.

Para los que no saben leer el hebreo —y son muy numerosos— y, por tanto, no pueden consultar un diccionario de esta lengua, el otro método es el de la trascripción. Transcribir (es decir, tra­ducir un alfabeto en otro caracterizado por sonidos diferentes) una lengua sa­grada a otra profana, realmente no es tarea fácil. Ante todo, e! hebreo no tie­ne vocales, o al menos si las tiene cum­plen una función puramente accesoria, de apoyo variable para el sonido y, so­bre todo, están desprovistas de todo

A pesar de todo, hay ciertos autores que no dudan en lanzarse de cabeza a ese juego complicado de la transforma­ción, para aplicar después los mismos principios de la Guematría, la Temurah y el Notarikón a los alfabetos latino, italiano, francés e inglés.

Una práctica cabalística sugiere, siempre y cuando el hebreo no sea to­talmente desconocido, hacer correspon­der a cada una de las cifras de una fe­cha con la letra correspondiente, te­niendo en cuenta el hecho de que el calendario judío arranca desde 3760, año de la creación. Así, el año 1988 pasa a ser el 5748, y dejando de lado la cifra de los miles, nos da la siguien­te suma: 748 = 400 + 300 + 40 + 8, es decir, TauShinMemChefhTis-mach, que significa «te alegrarás». De la misma manera, con 1914, principio de la Primera Guerra Mundial, se ob­tiene 5674 = 400 + 200 +70+4, es decir: TauReschAyinDaleth, que dan Tir'ad «Matarás», y para 1938Tirtzach, «temblarás de terror».

Así pues, ¿por qué no seguir el ejem­plo de Cardan, Paracelse, o E. Levi que, habiéndose dado cuenta de la im­portancia de este alfabeto mágico, no dudaron en acometer la tarea valiente­mente y aprenderlo?

¿Por qué dejarse paralizar por pe­queñas dificultades? Quizá se encuen­tren huellas de esta compleja y mara­villosa filosofía, desgraciadamente bo­rradas en numerosos pasajes, en las so­ciedades esotéricas de Rosa-Cruz y de los Martinistas: huellas que hay que localizar y reinterpretar.

La cábala representa la suma de todo el saber secreto, la preciosa reina de lo Oculto, tan preciosa que la escondieron y se perdió. Cada adepto del esoterismo conserva en el fondo la esperanza de encontrarla de nuevo, algún día.

Alfabeto hebreo

El árbol Cefirótico o árbol de la vida