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René Guénon
PALABRA PERDIDA Y NOMBRES SUSTITUTIVOS
Artículo publicado originalmente en la revista "Études Traditionnelles",
julio a diciembre de 1948. Recogido posteriormente en Études sur la
Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, tomo II, París, Ed. Traditionnelles,
1956.
Es sabido que en casi todas las tradiciones se alude a algo perdido o
desaparecido que, sean cuales sean las formas con las que se lo simboliza,
tiene en el fondo siempre el mismo significado; podríamos incluso decir que
los mismos significados, ya que, como en todo simbolismo, hay varios, aunque
por otra parte estrechamente emparentados entre sí. En realidad, se trata en
todos los casos de una alusión al oscurecimiento espiritual que, en virtud
de las leyes cíclicas, sobrevino en el transcurso de la historia de la
humanidad: es ante todo la pérdida del estado primordial, y también, por una
consecuencia inmediata, la pérdida de la tradición correspondiente, pues
dicha tradición no era sino el propio conocimiento, implícito esencialmente
a la posesión de ese estado. Estas observaciones aparecieron ya en una de
nuestra obras (1), al referirnos en particular al simbolismo del Grial, en
el cual se muestran con toda claridad los dos aspectos que acabamos de
mencionar, y que se refieren respectivamente al estado primordial y a la
tradición primordial. A estos dos, se podría agregar un tercero relativo a
la sede primordial, pero es evidente que la residencia en el "Paraíso
terrenal", es decir, propiamente en el "Centro del Mundo", no difiere en
nada de la posesión del estado primordial.
Por otra parte, es preciso indicar que el oscurecimiento no se produjo
súbitamente y de una vez por todas, sino que, tras la pérdida del estado
primordial, se manifestó en etapas sucesivas correspondientes a otras tantas
fases o épocas en el desarrollo del ciclo humano; y la "pérdida" de la que
hablamos puede también representar cada una de estas etapas, dado que un
similar simbolismo siempre puede aplicarse en grados diferentes. Esto puede
ser expresado del siguiente modo: lo que en un principio se había perdido
fue sustituido por algo que, en la medida de lo posible, debía tomar su
lugar, lo cual a su vez se perdió creando la necesidad de nuevas
sustituciones. Esto se puede constatar en la constitución de los centros
espirituales secundarios en el momento en que el centro supremo fue ocultado
a la humanidad, al menos en su conjunto y en tanto que se trata de los
hombres comunes o "medios", ya que existen siempre y necesariamente casos
excepcionales sin los cuales, interrumpida toda comunicación con el centro,
la espiritualidad misma en todos sus grados habría desaparecido por
completo. Puede también afirmarse que las formas tradicionales particulares,
que corresponden precisamente a los centros secundarios de los que hablamos,
son sustitutivos más o menos velados de la tradición primordial perdida o
más bien oculta, sustituciones adaptadas a las condiciones de las diversas
épocas que se sucedieron; y, ya se trate de centros o de tradiciones, la
cosa sustitutiva es como un reflejo directo o indirecto, cercano o lejano
según los casos, de la que fue perdida. En razón de la filiación
ininterrumpida a través de la cual todas las tradiciones regulares se
vinculan en definitiva con la tradición primordial, podría aún observarse
que aquellas son con respecto a ésta como otros tantos brotes de un único
árbol, el mismo que es símbolo del "Eje del Mundo" y que se alza en el
centro del "Paraíso Terrenal", como se repite en aquellas leyendas del
Medievo en las que se habla de los distintos retoños del "Árbol de la Vida"
(2).
Un ejemplo de sustitución a su vez sucesivamente perdida puede identificarse
claramente en la tradición mazdea; sobre esto debemos señalar que lo que
está perdido no está representado solamente por la copa sagrada, es decir,
por el Grial o por alguno de sus equivalentes, sino también por su
contenido, lo que es fácilmente comprensible puesto que ese contenido,
cualquiera que sea el nombre que se le asigne, no es en el fondo sino la
"bebida de la inmortalidad", cuya posesión constituye esencialmente uno de
los privilegios del estado primordial. Por eso se dice que el soma védico, a
partir de una cierta época, vino a desconocerse, lo que obligó a su remplazo
por otra bebida que era tan sólo una imagen del mismo. Incluso parece que,
aunque no esté formalmente indicado, tal sustitutivo se hubiera perdido a su
vez posteriormente (3). Entre los persas, en cambio, para quienes el haoma
es el equivalente del soma hindú, la segunda pérdida es mencionada
expresamente: se dice que el haoma blanco podía únicamente recogerse sobre
el Alborj, es decir, sobre la montaña polar, que representa la sede
primordial; después fue reemplazado por el haoma amarillo, del mismo modo
que, en la región donde se asentaron los antepasados de los persas, hubo
otro Alborj, que era sólo una imagen del primero. Mas tarde, este haoma
amarillo se perdió a su vez, y no quedó de él más que el recuerdo.
Recordemos al respecto que, en otras tradiciones, el vino es también un
sustitutivo de la "bebida de la inmortalidad", y es por tal motivo que, como
ya explicamos en otra obra (4), es considerado generalmente como un símbolo
de la doctrina escondida o reservada, es decir, del conocimiento esotérico e
iniciático.
Consideremos ahora otra forma del mismo simbolismo, que puede por otra parte
referirse a hechos realmente ocurridos en la historia. Es empero importante
comprender que, como para todo hecho histórico, sólo su valor simbólico
justifica nuestro interés. De manera general, toda tradición tiene
normalmente como medio de expresión una determinada lengua, que por tal
motivo adquiere el carácter de lengua sagrada; si esta tradición desaparece,
es natural que al mismo tiempo se pierda la lengua correspondiente; incluso
si aún subsistiera exteriormente algo de la misma, se trataría solamente de
una especie de "cuerpo muerto", puesto que desde entonces se ignora su
sentido profundo, que ya no puede ser conocido verdaderamente. Así debió
ocurrir con la lengua primitiva con la que se expresaba la tradición
primordial, y es por ello que, en efecto, se encuentran, en numerosas
leyendas y narraciones tradicionales, muchas alusiones a esta lengua
primitiva y a su pérdida. Agreguemos que, aun cuando una u otra lengua
sagrada particular conocida actualmente parezca querer identificarse con la
propia lengua primitiva, debemos entender con ello que, efectivamente, se
trata en realidad de un sustitutivo que, para los adherentes de la forma
tradicional correspondiente, toma consecuentemente su lugar. Según otras
narraciones, parecería sin embargo que la lengua primitiva se habría
conservado hasta una época que, aunque pueda parecer muy remota, es de todas
maneras muy posterior a los tiempos primordiales: tal es el caso del relato
bíblico de la "confusión de las lenguas", el cual, aunque no pueda
asignársele un determinado período histórico, corresponde al comienzo del
Kali-yuga. Ahora bien, es seguro que ya existían formas tradicionales
particulares en una época muy anterior, y cada una de ellas debió tener su
propia lengua sagrada; esta persistencia de la lengua única de los orígenes
no debe ser entonces entendida literalmente, sino más bien en el sentido de
que, hasta entonces, no había desaparecido todavía la conciencia de la
unidad esencial de todas las formas tradicionales (5).
En ciertos casos, en lugar de la pérdida de una lengua se habla solamente de
la pérdida de una palabra, por ejemplo, de un nombre divino, que caracteriza
a una determinada tradición y que de alguna manera la representa
sintéticamente. La sustitución por un nuevo nombre señalaría entonces el
paso de una tradición a otra. Otras veces, en cambio, se pretende aludir a
"pérdidas" parciales producidas en ciertos momentos críticos durante la vida
de una misma forma tradicional: cuando tales "pérdidas" fueron compensadas
con la sustitución por algo equivalente, ello significa que las
circunstancias había exigido una readaptación de la tradición considerada.
En el caso contrario, las pérdidas indican un empobrecimiento más o menos
grave de la tradición que no pudo remediarse con posterioridad. Por citar un
ejemplo conocido, citaremos el caso de la tradición hebrea, en la que se
dan, precisamente, los dos casos indicados: tras la cautividad de Babilonia,
la antigua escritura perdida debió ser sustituida por una nueva (6), y, si
se toma en cuenta el valor jeroglífico inherente a los caracteres de una
lengua sagrada, este cambio debió necesariamente implicar modificaciones en
la propia forma tradicional, es decir, una readaptación (7). Por otra parte,
durante la destrucción del Templo de Jerusalén y la dispersión del pueblo
judío, se perdió la pronunciación verdadera del nombre tetragramático. Si
bien fue sustituido por otro nombre, el de Adonai, éste nunca fue
considerado como el equivalente real de aquel que ya no se sabía pronunciar.
En efecto, la transmisión regular de la pronunciación del principal nombre
divino (8), ha-Shem o el Nombre por excelencia, estaba vinculada
esencialmente a la continuidad del sacerdocio, cuyas funciones sólo podían
ser ejercidas en el Templo de Jerusalén. Desaparecido el Templo, la
tradición hebrea quedó inevitablemente incompleta, como por otra parte queda
suficientemente probado por la interrupción de los sacrificios, es decir, de
aquello que constituía la parte más "central" de la ritos de esta tradición,
así como el "Tetragrama" ocupaba una posición verdaderamente "central" con
respecto a los demás nombres divinos (9). En efecto, lo que se había perdido
era verdaderamente el centro espiritual de la tradicióni. Por lo demás,
considerando un ejemplo como éste, es particularmente evidente que el hecho
histórico en sí, que en absoluto es dudoso como tal, no podría ser separado
de su significado simbólico, donde reside en el fondo toda su razón de ser y
sin el cual sería completamente ininteligible.
Hemos visto que la noción de lo perdido, en uno u otro de sus diferentes
símbolos, existe incluso en el exoterismo de las diversas formas
tradicionales; y podría incluso decirse que lo perdido se refiere más
precisamente y sobre todo al aspecto exotérico, ya que es evidente que es
allí donde la pérdida se ha producido y es verdaderamente efectiva, y donde
puede ser considerada en cierto modo como definitiva e irremediable, puesto
que lo es en efecto para la mayoría de la humanidad terrestre mientras dure
el actual ciclo. Hay algo que, por el contrario, pertenece propiamente al
orden esotérico e iniciático: se trata de la búsqueda de lo que se ha
perdido o, como se decía en el Medievo, la "demanda" (queste); y ello se
comprende fácilmente, puesto que la iniciación, en sus primeros estadios,
los que corresponden a los pequeños "misterios", tiene efectivamente como
finalidad esencial la restauración del estado primordial. Es por otra parte
necesario señalar que, al igual que la pérdida se produjo en realidad
gradualmente y por etapas sucesivas, así también la búsqueda deberá
desarrollarse gradualmente, recorriendo en sentido inverso las mismas
etapas, es decir, remontando en cierta forma el curso del ciclo histórico de
la humanidad, de un estado a otro anterior, hasta llegar al estado
primordial. A estas etapas podrán naturalmente corresponder otros tantos
grados de iniciación a los "pequeños misterios" (10). Añadiremos
inmediatamente que, por ello mismo, las sucesivas sustituciones de las que
hemos hablado pueden igualmente interpretarse en sentido inverso; se explica
así que, en ciertos casos, lo que se entiende como "palabra encontrada" no
sea en realidad sino una "palabra sustituta", representando ambas solamente
etapas intermedias. Es por otra parte evidente que todo aquello que puede
comunicarse exteriormente no podría ser con toda seguridad la "palabra
perdida", sino nada más que un símbolo de la misma, siempre más o menos
inadecuado, como lo es toda expresión de las verdades trascendentes; y este
simbolismo es frecuentemente muy complejo, debido a la multiplicidad de
significados que incluye, así como a los diferentes grados que conlleva en
su aplicación.
En las iniciaciones occidentales hay por lo menos dos ejemplos muy conocidos
de la búsqueda de la cuestión (lo que no quiere decir que hayan sido siempre
efectivamente comprendidos por quienes hablaron de ellos): la "demanda del
Grial" en las iniciaciones caballerescas de la Edad Media y la "búsqueda de
la palabra perdida" en la iniciación masónica, y ambas pueden ser
consideradas como casos típicos de las dos formas de simbolismo que hemos
indicado. En lo que respecta a la primera, A. E. Waite ha observado con
razón que se encuentran numerosas alusiones más o menos explícitas a
fórmulas y a objetos sustituidos; ¿acaso no puede decirse que la misma "Mesa
Redonda" no es en definitiva sino un "sustituto", puesto que, aunque su
destino sea recibir el Grial, éste nunca llega a manifestarse efectivamente?
Sin embargo, esto no significa, como demasiado fácilmente quisieran creer
algunos, que la "demanda" nunca pueda llegar a satisfacerse, sino tan sólo
que, incluso cuando lo sea para algunos en particular, no puede serlo para
el conjunto de una colectividad, aún cuando ésta posea indudablemente
carácter iniciático. La "Mesa Redonda" y su caballería, como ya señalamos en
otra ocasión (11), presentan todas las señales que indican que efectivamente
se trata de la constitución de un centro espiritual auténtico; pero,
repitámoslo de nuevo, no siendo todo centro espiritual secundario sino una
imagen o un reflejo del centro supremo, sólo puede cumplir realmente la
función de "sustituto" con respecto a éste, del mismo modo que cada centro
tradicional particular no es propiamente sino un "sustituto" de la tradición
primordial.
Si pasamos a considerar la "palabra perdida" y su búsqueda en la Masonería,
debemos constatar que, al menos en el estado actual de las cosas, el tema
está rodeado de la mayor obscuridad; no tenemos la pretensión de disiparla
por completo, pero las pocas observaciones que formularemos quizá sean
suficientes para eliminar todo aquello que, a primera vista, podría dar la
impresión de ser contradictorio. Lo primero que debemos indicar a este
respecto es que el grado de Maestro, tal como es practicado en la Craft
Masonry, insiste en la "pérdida de la palabra", que se presenta como una
consecuencia de la muerte de Hiram, pero que no parece contener indicación
expresa en cuanto a su búsqueda, y aún menos se habla de una "palabra
reencontrada". Esto puede parecer verdaderamente extraño, puesto que, siendo
la Maestría el último de los grados que constituyen la Masonería propiamente
dicha, tal grado debería necesariamente corresponder, al menos de forma
virtual, a la perfección de los "pequeños misterios", sin lo cual su misma
denominación resultaría injustificada. Es cierto que puede decirse que la
iniciación a este grado es en sí misma, hablando con propiedad, un punto de
partida, lo que en suma es perfectamente normal. Sin embargo, sería de
esperar que hubiera en esta iniciación algo que permitiera "comenzar", si
así puede decirse, la búsqueda que constituye el trabajo posterior que
deberá conducir a la realización efectiva de la Maestría; ahora bien,
pensamos que, a pesar de las apariencias, esto es realmente así. En efecto,
la "palabra sagrada" del grado es claramente una "palabra sustituta", y por
lo demás es así como se la considera; además, esta "palabra sustituta" es de
una especie muy particular: ha sido deformada de muy diferentes maneras,
hasta el punto de llegar a ser irreconocible (12, de ella hay diversas
interpretaciones, que accesoriamente pueden presentar un cierto interés por
sus alusiones a ciertos elementos simbólicos del grado, pero que no pueden
justificarse por medio de la etimología hebrea. Pero, si se restituye a
dicha palabra su forma correcta, descubrimos que su sentido es muy distinto
de aquellos que se le atribuyen, pues la palabra en cuestión no es sino una
pregunta, y la respuesta sería la verdadera "palabra sagrada" o la "palabra
perdida", es decir, el verdadero nombre del Gran Arquitecto del Universo
(13). Planteado el problema en estos términos, puede considerarse que la
búsqueda está "encaminada", tal como hemos indicado unas líneas atrás, y,
por lo tanto, corresponde a cada uno, si tiene la capacidad para ello, el
hallar la respuesta y lograr la Maestría efectiva a través de su propio
trabajo interior.
Otro punto que debemos considerar es el siguiente: la mayoría de las veces
la "palabra perdida" es asimilada al Nombre tetragramático, en concordancia
con el simbolismo hebraico, lo que de tomarse al pie de la letra
constituiría un evidente anacronismo, puesto que es fácil darse cuenta de
que la pronunciación del Nombre no se perdió en la época de Salomón y de la
construcción del Templo de Jerusalén, sino a partir de la destrucción final
del Templo. Sin embargo, este anacronismo no debería ser considerado como
constituyendo una dificultad real, ya que aquí no se trata en absoluto de la
"historicidad" de los hechos en cuanto tales, la cual, desde nuestro punto
de vista, poco importa en sí misma; el Tetragrama es mencionado pura y
exclusivamente por el valor que tradicionalmente representa; incluso el
mismo Tetragrama pudo perfectamente haber sido en cierto sentido una
"palabra sustituta", ya que pertenece propiamente a la revelación mosaica, y
ésta, en cuanto tal, como la lengua hebrea, no podría remontarse realmente
hasta la tradición primordial (14). Si hemos aludido a esta cuestión es
sobre todo para llamar la atención sobre un hecho que, en el fondo, es mucho
más importante: en el exoterismo hebreo, la palabra que sustituye al
Tetragrama que ya no se sabe pronunciar, como dijimos, es otro nombre
divino, Adonai, que igualmente está formado por cuatro letras, pero que se
considera menos esencial. Hay en todo esto una especie de resignación ante
un pérdida considerada irreparable, que se trata de remediar solamente en la
medida en que aún lo permiten las condiciones presentes. En la iniciación
masónica, en cambio, la "palabra sustituta" es una pregunta que ofrece la
posibilidad de reencontrar la "palabra perdida". He aquí expresada, en suma,
de una manera simbólica muy significativa, una de las diferencias
fundamentales existentes entre el punto de vista exotérico y el iniciático
(15). Antes de continuar, se impone una breve digresión para mejor
comprender lo que más adelante diremos: la iniciación masónica, que se
refiere esencialmente a los "pequeños misterios", como todas las
iniciaciones de oficio, concluye por eso mismo en el grado de Maestro, ya
que la realización completa de este grado implica la restauración del estado
primordial. Esto conduce naturalmente a preguntarse cuáles podrían ser, en
la Masonería, el sentido y la función de los "altos grados", en los que
algunos, y precisamente por esta razón, han querido ver solamente algo
"superfluo", más o menos inútil y vano. En realidad, debemos en primer lugar
distinguir aquí dos casos (15): por un lado, el de los grados que tienen un
vínculo directo con la Masonería (16), y por otro el caso de los grados que
pueden considerarse vestigios o recuerdos de antiguas organizaciones
iniciáticas occidentales (17) que se injertaron en la Masonería, o que
llegaron a "cristalizarse" de alguna manera alrededor de la misma. La razón
de ser de estos últimos grados, dejando aparte su interés puramente
"arqueológico"(lo que evidentemente sería una justificación totalmente
insuficiente desde el punto de vista iniciático), es en suma el hecho de que
conservan lo que aún puede mantenerse de las iniciaciones de que se trata, y
ello de la única manera en que puede hacerse tras su desaparición en cuanto
formas independientes; habría ciertamente mucho que decir de este papel
"conservador" de la Masonería y de la posibilidad implícita que encierra de
suplir en cierta medida la ausencia de iniciaciones de otro orden en el
mundo occidental actual. Pero ello está totalmente fuera del argumento que
tratamos, y es solamente el primer caso, el de los grados cuyo simbolismo se
relaciona más o menos estrechamente con el de la Masonería propiamente
dicha, el que nos concierne directamente aquí.
Hablando en general, estos grados pueden ser considerados como constituyendo
propiamente determinadas extensiones o desarrollos del grado de Maestro; es
indiscutible en principio que éste es de por sí suficiente, pero de hecho la
excesiva dificultad para discernir todo lo que contiene implícitamente
justifica la existencia de estos desarrollos posteriores (18). Se trata pues
de una ayuda para quienes quieren realizar lo que todavía no poseen sino en
forma virtual. Al menos, tal es la intención fundamental de estos grados,
sean cuales fueren las reservas que podrían hacerse sobre la mayor o menor
eficacia práctica de tal ayuda, sobre la cual lo mínimo que puede decirse es
que en la mayoría de los casos está lamentablemente empobrecida por el
aspecto fragmentario y muy frecuentemente alterado bajo el cual se presentan
actualmente los rituales correspondientes. Pero lo que debemos tener
presente es el principio, que es independiente de estas consideraciones
contingentes. Por otro lado, y a decir verdad, si el grado de Maestro fuera
más explícito, y si todos los que a él acceden estuvieran verdaderamente
cualificados, sería en el interior de este grado donde estos desarrollos
deberían tener su lugar, sin que hubiera necesidad de hacerlos objeto de
otros grados nominalmente distintos del mismo (19).
Ahora bien, y es aquí donde queríamos llegar, entre los altos grados en
cuestión hay algunos que insisten más particularmente sobre la "búsqueda de
la palabra perdida", es decir, como hemos explicado antes, sobre aquello que
constituye el trabajo esencial de la Maestría; incluso hay algunos grados
que ofrecen una "palabra reencontrada", lo que parece implicar la
culminación de la búsqueda; pero, en realidad, esta "palabra reencontrada"
es siempre una nueva "palabra sustituta", y de acuerdo con las
consideraciones expuestas anteriormente, es fácil comprender que no pueda
ser de otro modo, ya que la verdadera "palabra" es rigurosamente
incomunicable. Así es en particular con respecto al grado del Royal Arch, el
único que debe ser considerado como estrictamente masónico, hablando con
propiedad, y cuyo origen operativo directo no ofrece duda alguna; de alguna
manera es el complemento normal del grado de Maestro, con una perspectiva
abierta a los "grandes misterios" (20). El término que representa en este
grado la "palabra reencontrada" se presenta, como muchos otros, bajo una
forma muy alterada, lo que ha dado lugar a varias suposiciones en cuanto a
su significado; pero, según la interpretación más autorizada y plausible, se
trata en realidad de una palabra compuesta, formada por la reunión de tres
nombres divinos pertenecientes a tres tradiciones diferentes. Hay aquí al
menos una indicación interesante desde dos puntos de vista: en primer lugar,
esto implica evidentemente que la "palabra perdida" es considerada como
constituyendo un nombre divino; después, la asociación de estos diferentes
nombres no puede explicarse de otro modo que como una afirmación implícita
de la unidad fundamental de todas las formas tradicionales; pero es obvio
que tal conjunción, a partir de nombres provenientes de diferentes lenguas
sagradas, no es todavía más que algo totalmente exterior y no podría de
ninguna manera simbolizar adecuadamente la restitución de la tradición
primordial, y que, en consecuencia, no es realmente sino otra "palabra
sustituta" (21).
Otro ejemplo, por lo demás de un tipo muy diferente, es el del grado escocés
de Rosa-Cruz, en el cual la "palabra reencontrada" se presenta como un nuevo
Tetragrama destinado a reemplazar al que se había perdido; de hecho, estas
cuatro letras, que no son más que iniciales que no constituyen propiamente
una verdadera palabra, no pueden expresar aquí sino la situación de la
tradición cristiana frente a la hebrea, o el reemplazo de la "Antigua Ley"
por la "Nueva Ley", y sería difícil decir si esta última representa un
estado más próximo al estado primordial, a menos que no quiera entendérselo
en el sentido de que el Cristianismo ha cumplido una "reintegración"
abriendo ciertas nuevas posibilidades para el retorno a aquel estado, lo que
por otra parte es de alguna manera cierto para toda forma tradicional
constituida en una determinada época y en conformidad más particular con las
condiciones de dicha época. Conviene agregar que al significado simplemente
religioso y exotérico se superponen naturalmente otras interpretaciones de
orden principalmente hermético, que están lejos de carecer de interés en sí
mismas; pero estas últimas, además de alejarse de la consideración de los
nombre divinos que es esencialmente inherente a la "palabra perdida",
contienen algo que proviene más del hermetismo cristiano que de la Masonería
propiamente dicha, y, sean cuales sean las afinidades existentes entre ambas
formas, no es posible sin embargo considerarlas idénticas, pues, si bien
usan hasta cierto punto los mismos símbolos, no dejan de provenir de
"técnicas" iniciáticas muy diferentes en más de un aspecto. Por otra parte,
"la palabra" del grado de Rosa-Cruz se refiere claramente al punto de vista
de una forma tradicional determinada, lo que nos sitúa en todo caso muy
lejos del retorno a la tradición primordial, que está más allá de todas las
formas particulares. Bajo este aspecto, como bajo muchos otros, el grado del
Royal Arch tendría seguramente más razones que el de Rosa-Cruz para
considerarse como el nec plus ultra de la iniciación masónica.
Pensamos que nos hemos extendido suficientemente sobre estas distintas
"sustituciones", y, para concluir, debemos volver a considerar el grado de
Maestro, a fin de buscar solución a otro de los enigmas que plantea: ¿cómo
es posible que la "pérdida de la palabra" se presente como una consecuencia
de la muerte de Hiram, cuando, según la leyenda, había otros que igualmente
la poseían? Esta cuestión, en efecto, deja perplejos a mucho masones, por lo
menos a aquellos que reflexionan un poco sobre el simbolismo, y algunos
llegan a considerarla algo inverosímil, pues les parece totalmente imposible
explicarlo aceptablemente, mientras que, como veremos, se trata en realidad
de todo lo contrario.
El problema puede plantearse con más precisión de la manera siguiente: en la
época de la construcción del Templo, la "palabra" de los Maestros estaba,
según la leyenda del grado, en posesión de tres personajes que tenían el
poder de comunicarla: Salomón, Hiram, rey de Tiro, e Hiram-Abi; admitido
esto, ¿cómo puede bastar la muerte de este último para causar la pérdida de
la "palabra"? La respuesta es que, para comunicarla regularmente y en forma
ritual, se necesitaba el concurso de los "tres primeros Grandes Maestros",
de tal manera que la ausencia o desaparición de uno sólo de ellos hacía
imposible esta comunicación, así como es imposible formar un triángulo si no
es con tres ángulos; y esto no es una simple comparación o una aproximación
más o menos imaginativa y privada de todo fundamento real, como podrían
pensar los que no están acostumbrados a percibir ciertas correspondencias
simbólicas. En efecto, una Logia operativa no puede abrirse sin el concurso
de tres Maestros (22), provistos de tres varillas cuyas longitudes están
respectivamente en relación con los números 3, 4 y 5; y solamente a partir
del momento en que estas tres varillas han sido aproximadas y dispuestas en
forma tal de conformar el triángulo rectángulo pitagórico es cuando puede
tener lugar la apertura de los trabajos. Dicho esto, es fácil comprender
que, de forma similar, una palabra sagrada pueda estar compuesta de tres
partes, tales como tres sílabas (23), no pudiendo cada una de las cuales ser
pronunciada más que por uno de los tres Maestros, de manera que, a falta de
uno de ellos, tanto la palabra como el triángulo quedarían incompletos, y
nada válido podría realizarse, como veremos más adelante cuando retornemos
sobre este punto.
Señalaremos incidentalmente otro caso en el que se halla también un
simbolismo del mismo género, al menos con respecto a lo que nos interesa
ahora: en ciertas corporaciones medievales, el cofre que contenía el
"tesoro" tenía tres cerraduras cuyas llaves estaban confiadas a tres
oficiales diferentes, de manera que se necesitaba la presencia simultánea de
los tres para poder abrir el cofre. Naturalmente, quienes consideran las
cosas de una manera exclusivamente superficial pueden no ver en todo esto
más que una medida de precaución contra una posible infidelidad; pero, como
frecuentemente sucede en casos similares, la explicación únicamente exterior
y profana es completamente insuficiente, y aún admitiendo que sea legítima
en su orden, nada impide de manera alguna que el mismo hecho tenga un
significado simbólico mucho más profundo que le otorga todo su valor real.
Pensar de otro modo equivale a desconocer por completo el punto de vista
iniciático, y, por lo demás, es sabido que la llave posee en sí misma un
simbolismo lo suficientemente importante como para justificar lo que hemos
dicho (24).
Volviendo al triángulo rectángulo del que hemos hablado, podemos decir,
después de lo que hemos visto, que la muerte del "tercer Gran Maestro" lo
torna incompleto; es a ello a lo que corresponde, en un cierto sentido e
independientemente de sus significados propios, la forma de la escuadra del
Venerable, que tiene los lados desiguales, normalmente en relación 3 a 4, de
manera que pueden considerarse como los dos lados que forman el ángulo recto
del triángulo, y en el cual está ausente la hipotenusa, o, si se prefiere,
está "sobreentendida" (25). Debemos señalar también que la reconstitución
del triángulo completo, tal como figura en las insignias del Past Master,
implica, o al menos debería teóricamente implicar, que éste ha llegado a
realizar la reconstitución de lo que se había perdido (26).
En cuanto a la palabra sagrada que sólo puede ser comunicada por el concurso
de tres personas, es muy significativo que justamente este carácter se
verifique en la palabra que, en el grado del Royal Arch, se considera
representante de la "palabra reencontrada", y cuya comunicación regular no
es efectivamente posible más que de esta forma. Las tres personas de que se
trata forman entre sí un triángulo, y las tres partes de la palabra que,
como explicamos anteriormente, son entonces las tres sílabas
correspondientes a otros tantos nombres divinos de diferentes tradiciones,
"pasan" sucesivamente, si así puede decirse, de uno a otro de los lados del
triángulo, hasta que la palabra sea completamente "justa y perfecta". Aunque
en realidad no se trate aquí sino de otra "palabra sustituta", el hecho de
que el Royal Arch sea, en cuanto a su filiación operativa, el más
"auténtico' de todos los grados superiores, otorga a esta forma de
comunicación una importancia innegable que confirma la interpretación de lo
que a este respecto permanece oscuro en el simbolismo del grado de Maestro,
tal como actualmente es practicado.
A propósito de ello, añadiremos todavía una observación sobre el Tetragrama
hebreo: puesto que éste es uno de los nombres divinos más frecuentemente
asimilados a la "palabra perdida", debe haber también en él algo que
corresponda a lo que acabamos de decir, ya que el mismo carácter, desde el
momento en que es verdaderamente esencial, debe estar de algún modo en todo
lo que tal "palabra" representa de manera más o menos adecuada. Lo que
queremos decir es que, para que la correspondencia simbólica sea exacta, la
pronunciación del Tetragrama debería ser necesariamente trisilábica; pero ya
que el mismo se escribe normalmente con cuatro letras, podría decirse que,
según el simbolismo numérico, el número 4 se refiere aquí al aspecto
"substancial" de la palabra (en tanto que ésta esté escrita, o se deletree
conforme a la escritura, que ejerce la función de un soporte "corpóreo"), y
el 3 a su aspecto "esencial" (en tanto que la palabra sea pronunciada
integralmente por la voz, lo único que otorga el "espíritu" y la "vida"). De
ello se desprende que la forma Jehovah, si bien no puede ser considerada
como la verdadera pronunciación del Nombre, que ya nadie conoce, la
representa al menos mucho mejor al constar de tres sílabas (y su misma
antigüedad, en cuanto transcripción aproximativa en las lenguas
occidentales, podría ya por sí misma dejarlo entrever) que la forma Yahveh,
puramente engañosa e inventada por los exégetas y los "críticos" modernos, y
que, no poseyendo más que dos sílabas, resulta evidentemente inapropiada
para una transmisión ritual como ésta de la que estamos hablando.
Habría seguramente mucho más para decir sobre todo esto, pero debemos
finalizar aquí estas consideraciones ya demasiado extensas, y que, volvamos
a decirlo para terminar, no tiene más pretensión que la de aclarar un poco
algunos aspectos de esta cuestión tan compleja de la "palabra perdida".
NOTAS
1. El Rey del Mundo, cap. V.
2. A este respecto, es interesante destacar que, de acuerdo con algunas de
estas leyendas, de una de estas ramas se habría obtenido la madera utilizada
para construir la Cruz.
3. Es entonces completamente inútil investigar cuál hubiera podido ser la
planta de donde provenía el soma. Independientemente de cualquier otra
consideración, no podemos dejar de experimentar una cierta sensación de
gratitud cada vez que un orientalista, tratando del soma, nos ahorra el
"cliché" convencional de la asclepias ácida.
4. El Rey del Mundo, cap. VI.
5. Puede señalarse al respecto que lo que es designado como "don de lenguas"
(ver Apreciaciones sobre la Iniciación, cap. XXVII) se identifica con el
conocimiento de la lengua primitiva entendida simbólicamente.
6. Apenas hay necesidad de señalar cuán inverosímil sería este hecho si
quisiéramos tomarlo al pie de la letra: ¿cómo un corto período de setenta
años habría podido bastar para que nadie conservara memoria de los
caracteres antiguos? Aunque, ciertamente, no es casual que ello sucediera en
esa época de readaptaciones tradicionales que fue el siglo VI a.C.
7. Es muy probable que los cambios verificados en los ideogramas chinos en
más de una oportunidad deban también interpretarse del mismo modo.
8. Esta transmisión es comparable exactamente a la de un mantra en la
tradición hindú.
9. El término diáspora o "dispersión" (en hebreo galûth) define muy bien el
estado de un pueblo cuya tradición se ve privada de su centro normal.
10. Sobre este punto, ver Apreciaciones sobre la Iniciación, cap. XXXIX.
11. El Rey del Mundo, capítulos IV y V.
12. Estas deformaciones han dado lugar también a dos palabras por así decir
distintas: un "palabra sagrada' y una "palabra de pase" intercambiables
según los diferentes ritos, pero que en realidad no son más que una sola.
13. No se trata aquí de rastrear si las múltiples deformaciones de la
palabra misma y de su significado hayan sido o no intencionadas, lo que sin
duda sería difícil de establecer a falta de datos precisos sobre las
circunstancias en que de hecho se produjeron. Lo que en todo caso es
seguramente cierto es que éstas han acarreado el hecho de disimular
completamente lo que puede considerarse el punto más esencial del grado de
Maestro, al cual convirtieron así en un enigma aparentemente carente de
solución.
14. Con respecto al "primer Nombre de dios" según ciertas tradiciones
iniciáticas, ver La Gran Triada, cap. XXV.
15. Señalemos de paso que en el grado de Maestro no sólo se habla de una
"palabra sustitutiva" sino también de un "signo sustitutivo". Si la "palabra
perdida" se identifica simbólicamente con el Tetragrama, ciertos indicios
permiten suponer que correlativamente el "signo perdido" debería
identificarse con la bendición de los Kohanim. Aquí tampoco debería verse la
expresión literal de un hecho histórico, ya que en realidad este signo jamás
se ha perdido; pero al menos uno podría legítimamente preguntarse si, desde
el momento en que el Tetragrama ya no fue pronunciado, el signo en cuestión
habría conservado todavía efectivamente todo su valor ritual.
16. Dejamos naturalmente de lado los demasiado numerosos grados de ciertos
"sistemas" que tienen un carácter más bien engañoso, y que reflejan
solamente las concepciones particulares de sus autores.
17. Utilizamos aquí la palabra "recuerdos" (souvenirs en el original) para
no tener que entrar en una discusión sobre la filiación más o menos directa
de estos grados, lo que podría llevarnos demasiado lejos, en especial en lo
que concierne a las organizaciones que se remontan a diversas formas de
iniciación caballeresca.
18. Al menos como una razón subsidiaria, hay que indicar el hecho de que los
siete grados con los que contaba la antigua Masonería operativa están
reducidos a tres. Al no conocer esos grados los fundadores de la Masonería
especulativa, se originaron graves lagunas que, a pesar de ciertas
"rectificaciones" posteriores, no ha podido subsanarse por completo en el
marco del actual sistema de tres grados simbólicos. No obstante, hay algunos
"altos grados" que parecen ser tentativas por remediar esta falta, aunque no
puede decirse que se haya logrado en su totalidad por carecer de la
verdadera transmisión operativa indispensable para ello.
19. El Maestro, por el hecho mismo de poseer la "plenitud de los derechos
masónicos", tiene particularmente aquel de acceder a todos los conocimientos
incluidos en la forma iniciática a la que pertenece. Lo que por otra parte
indica claramente el antiguo concepto de "Maestro en todos los grados" que
parece haberse olvidado completamente hoy en día.
20. Nos remitimos a lo que ya indicamos sobre este tema en diversas
ocasiones, especialmente en nuestro estudio sobre La piedra angular (números
de abril y mayo de 1940) (NOTA DEL EDITOR: Ver también el capítulo XLIII de
Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada).
21. Debe quedar claro que lo que estamos diciendo se refiere al Royal Arch
del Rito inglés, que, a pesar de la similitud del título, tiene muy pocas
relaciones con el grado denominado Royal Arch of Henoch, una de cuyas
versiones se convirtió en el grado 13° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado,
y en el cual la "palabra reencontrada" está representada por el Tetragrama
mismo, grabado sobre una plancha dorada colocada en la "novena bóveda". La
atribución de este depósito a Henoch constituye, por otro lado, en lo que
concierne al Tetragrama hebreo, un evidente anacronismo, pero puede
interpretarse como el indicio de una intención de remontarse hasta la
tradición primordial, o, por lo menos, "antediluviana".
22. Los Maestros son aquí lo que poseen el séptimo y último grado operativo,
al cual pertenecía primitivamente la leyenda de Hiram; y es por tal motivo
que la leyenda era desconocida por los Compañeros "aceptados" que fundaron
por propia iniciativa la Gran Logia de Inglaterra en 1717, y que
naturalmente no podían trasmitir nada más que lo que ellos mismos habían
recibido.
23. La sílaba es realmente el elemento no descomponible de la palabra
pronunciada. Por otra parte hay que señalar que la "palabra sustitutiva"
misma, en sus diferentes formas, está compuesta siempre de tres sílabas que
se enuncian por separado en su pronunciación ritual.
24. No podemos extendernos aquí acerca de los diferentes aspectos del
simbolismo de la llave, especialmente sobre su carácter axial (ver La Gran
Triada, cap. VI), pero al menos podemos destacar que en los antiguos
"catecismos" masónicos, la lengua está representada como la "llave del
corazón". La relación entre el corazón y la lengua simboliza la existente
entre "pensamiento" y "palabra", es decir, de acuerdo con el significado
cabalístico de estos dos términos considerados principialmente, la relación
existente entre el aspecto interior y el exterior del Verbo. Así se explica
también que entre los antiguos egipcios (quienes usaban llaves de madera que
tenían precisamente forma de lengua) la persicaria, cuyo fruto tiene la
forma de un corazón y las hojas la de una lengua, tuviera un carácter
sagrado (ver Plutarco, De Isis y Osiris, 68).
25. A título de curiosidad, señalaremos que en la Masonería mixta o
Co-Masonería se consideró oportuno considerar la escuadra del Venerable con
lados iguales en longitud a fin de representar la igualdad del hombre y de
la mujer, lo que no tiene la más mínima relación con su verdadero
significado. Es un claro ejemplo de la incomprensión del simbolismo y de las
innovaciones imaginativas que son su consecuencia inevitable.
26. Ver La Gran Triada, págs. 110 y 146.
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PALABRA PERDIDA Y NOMBRES SUSTITUTIVOS - TEXTOS TRADICIONALES